16 feb. 2007

Hace un par de semanas falleció en Madrid Angel Luis, el último eslabón de la dinastía Bienvenida, una de las más importantes del mundo del toreo. De los hijos varones del Papa Negro, todos tomaron la alternativa: Rafael, Manolo, Pepote, Antonio, Ángel Luis y Juanito. Fue Antonio el que elevó al olimpo de la leyenda aquel nombre de pueblo extremeño en el que vio la luz don Manuel. Uno dice Bienvenida y enseguida imagina a Antonio rompiendo el paseíllo en la Monumental de las Ventas, la sonrisa del hombre bueno en su rostro. Y es que aquella bonhomía que iluminó la historia de esta familia, se sublimó en verónicas y naturales en aquel matador que la capital del Reino acogió hasta el día que lo sacó por última vez en volandas, dentro de un ataúd, por la puerta grande, después de que una vaquilla le jugara una mala pasada.Antonio Bienvenida, además, ejecutó su arte con el corazón puesto en Dios. Antes de abandonar el domicilio familiar en la calle General Mola rumbo a la plaza, encomendaba su suerte a una réplica del Jesús del Gran Poder, al que ofrecía sus triunfos y sus tardes grises apenas retornaba del coso. Desde entonces buscaba la manera de vivir el cristianismo en plenitud. Lo consiguió a través del Opus Dei. A su fundador, San Josemaría, le transmitió dos bellísimas experiencias: el día de su despedida de los ruedos, mientras los capitalistas se lanzaban a la arena para sacarle a hombros de la plaza ante el homenaje de 25.000 espectadores, su pensamiento borbotaba una y otra vez: <<Jesús, todas estas ovaciones son para ti>>. Poco antes, había enviado una fotografía a la residencia de Monseñor Escrivá en Roma. Era una instantánea en que se veía a Antonio Bienvenida ejecutando un templadísimo natural. La dedicatoria, decía: <<Padre, esto también es hacer el Opus Dei>>, sugiriendo que el amor puede convertir el toreo en trabajo divino, en camino de santidad.
Categories:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Subscribe to RSS Feed