13 abr. 2007

En estos tiempos de miedo a la vida, no hay aventura más arriesgada que poner en marcha una guardería, y más cuando ésta ocupa un rincón de un barrio obrero y presta servicio a varios cientos de pequeños desde los primeros meses de vida hasta los seis años. Hablo de Avantis, un centro de educación infantil en Hospitalet de Llobregat en el que trabajan un puñado de mujeres de enorme valía profesional –cualquiera de ellas podría aspirar a un puesto más reconocido y mejor remunerado, pero han preferido la aventura y el servicio a los demás-, dispuestas a que la educación de los más pequeños siga parámetros formativos que para sí quisiera más de una universidad de las muchas que jalonan las comunidades autónomas.

Visité Avantis con la curiosidad y la distancia de quien siempre ha considerado que no hay nada más difícil que entretener a un pequeño durante ocho horas al día. En esas edades tan delicadas, lograr que cada minuto resulte un juego me parece una labor de alquimista. Y cuando ese esfuerzo se extiende durante once meses al año, los profesionales de la educación infantil me parecen merecedores de un premio Nobel, como poco. Tengan en cuenta que una profesora de guardería no sólo debe hacer partícipes a todos los niños que tiene a su cargo de las diferentes actividades con las que organiza la jornada, sino reconstruir en el aula lo que los padres maleducadotes destrozan –con buena voluntad y poco conocimiento- una vez el niño abandona las paredes de la escuela.Lo divertido de mi visita es que casi coincidía con la del alcalde de la ciudad barcelonesa. Don Celestino Corbacho acudiría al día siguiente a inaugurar oficialmente las instalaciones. Ante tamaño honor, los pequeños alumnos, que son una representación racial de toda la geografía humana, habían preparado todo tipo de parabienes: canciones, poesías, representaciones ambientadas en los rincones con solera de Hospitalet de Llobregat, murales en los que aparecía el retrato del preboste municipal… Ansiosos por saludar de una vez al dignatario, me identificaron con él. Por más que la directora de Avantis trató de contenerlos, comenzaron a saludarme con el nombre de don Celestino, a cantarme las canciones preparadas para él, a agarrarme las manos con la admiración de quien se acerca a alguien importante.

Pocas veces me he divertido tanto como con esta involuntaria usurpación de personalidad y cargo. Por voluntad de los diminutos clientes de Avantis, fui alcalde por unos minutos, regidor del mundo imaginario de Hospitalet, el rincón de España en el que me he sentido mejor acogido.
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