27 abr. 2007

Los títulos que viene recuperando la Biblioteca Homo Legens me están permitiendo asomarme a algunas de las mejores obras literarias de la historia universal, obras y autores que alcanzan en muchos casos la maestría pero que, por esta maldita prevención a la libertad creativa que se ceba en la España de los últimos decenios, habían quedado proscritos de la mayoría de las librerías. Homo Legens también tiene la sensibilidad de volver a editar algunos libros que si bien no merecen la inclusión en esta magnanimidad, sí que fueron una recia cuña para la defensa de los valores. Este es el caso de “La vida sale al encuentro”, un clásico entre los clásicos de la literatura de posguerra, un aldabonazo de la auténtica literatura juvenil, lejos de los trasgos y los brujos que ahora copan las horas de los adolescentes y que convirtió a un jesuita aficionado a escribir, en uno de los autores más leídos de nuestro país durante años y años.

Tiene “La vida sale al encuentro” el sabor y el color de esa España inconfundible de los años cuarenta y primeros cincuenta, que a unos les parece amarga y gris y a otros dulce y colorida, dependiendo del lado de la raya en el que les tocó vivir tras el odio, la ruptura y la sangre, por más que en las más de cuatrocientas páginas de la novela no se haga una sola mención a la Guerra ni a la victoria que permitió la recuperación de unos principios que habían estado proscritos. “La vida sale al encuentro” narra –ante todo- los avatares de un chaval de quince años que recibe dirección espiritual por parte de un joven sacerdote perteneciente a esa orden que –la última vez durante la tan traída II República- fue expulsada de España.Mucho me ha llamado la atención conocer las prácticas religiosas que Martin Vigil va presentando a medida que sus personajes se adueñan de la trama. Aunque resulte sorprendente, la piedad de aquellos adolescentes no era impostada, y eso que acudían a misa todos los días, rezaban el rosario, participaban en ejercicios espirituales o hacían uso de distintas mortificaciones que hoy juzgaríamos excesivas. Y todo con naturalidad, sin caer en beaterías.

Los tiempos han cambiado. Ni la juventud es la misma ni parecería adecuada una relación tan personalista entre un director espiritual y un adolescente como la que nos narra esta novela. Sin embargo, me pregunto hasta qué punto sigue siendo la juventud una etapa para las metas elevadas. Puede que no nos fiemos de ellos (de los jóvenes), o que lo que nos asuste sea exigirles lo que nosotros somos incapaces de imponernos libremente.

Lean “La vida sale al encuentro” y saquen sus propias conclusiones.
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