19 may. 2007

Cuando los libros de Historia analicen el reinado de Juan Carlos I, junto a los muchos aciertos de este monarca moderno no podrán obviar el empeño del Rey por estrechar vínculos con aquellos que no sólo no le quieren, sino que anhelan la llegada del día en el que el ciudadano Juan Carlos, acompañado por su familia, se exilie bien lejos de la III República. Parece que don Juan Carlos juega a hacerse el ciego ante la proliferación de banderas tricolores que adornan esta última legislatura. No pretendo que eche un rapapolvo público a quien está favoreciendo el sueño de una forma de Estado que tan terribles mordiscos ha dejado en nuestro pasado, pero sí -al menos- que no pondere su política suicida ni siquiera en un corrillo de periodistas traidores a las reglas de prudencia que venimos respetando desde el comienzo de la democracia.

Son famosos los abrazos del Rey a nacionalistas, socialistas y comunistas. Algunas de esas fotos han hecho historia, porque su corona nos ampara a todos, incluso a quienes dicen detestar las alfombras de la Real fábrica. Sin embargo, echo en falta un poco de cordura en la política de la Casa Real, que juega a desentenderse de quienes le apoyan con fidelidad mal correspondida, un defecto que dicen es propio de la dinastía (“¡qué mal pagan los borbones…!”, se lamentaban los fieles a Alfonso XIII).El Príncipe de Asturias, hombre de innegables cualidades, culto, sensible hacia determinados temas sociales, cercano en las distancias cortas y algo ausente ante las multitudes, tampoco parece tener claro los apoyos que precisa para granjearse una continuidad sin sobresaltos. Porque la solidez de una nueva monarquía en un país de tan flaca memoria precisa del concurso de personas influyentes a quienes se les facilite conocer las aptitudes del delfín, más allá de las portadas melifluas de las revistas del corazón o de la leyenda rosa o negra de su matrimonio con una plebeya (presumiblemente republicana de origen). El discurso de don Felipe tiene que ser ampliado, festejado, corregido, respetado…, por pensadores, políticos y periodistas que avalen las ventajas de la monarquía parlamentaria frente a la república, una tarea que aún no se ha puesto en marcha.

Nunca los Reyes y su descendencia han contado con tantos recursos a su favor como ahora. En las calles les jalean, pero eso forma parte del populismo inconstante ante cualquier institución floreada. Una vez acabada la tanda de bodas y bautizos, el pueblo necesita más, un conocimiento sólido a prueba de vientos cambiantes. El Rey y el Príncipe saben bien dónde esperan sus leales. ¿Ha llegado la hora de contar con ellos?
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