19 may. 2007

Dicen que es el fotógrafo revelación porque ha logrado dejar con el culo al aire a medio mundo. Los progres alaban su capacidad de despelotar a la gleba y los medios de comunicación se frotan las manos cada vez que es capaz de organizar semejante festival. Su último recital de culos mexicanos ha abierto muchos informativos, copando mi pantalla plana de glúteos de todas las redondeces y decaimientos, así como aparejos que por decoro prefiero no nombrar, ya que soy de la escuela antigua, esa que aún cree en el pudor como norma básica de convivencia, punto de partida del respeto a los demás. Qué quieren que les diga, entiendo que una playa de mujeres despechadas alegra la vista, pero también minusvalora todos los misterios y hasta las dignidades de quien no sabe guardar lo bueno –o lo malo- en la intimidad.

Reconozco que los happenings nudistas del tal Tunick, a fuerza de repetidos, saturan. El marco cambia, es cierto, pero el culo y las témporas no, porque hombres y mujeres somos demasiado parecidos cuando nos ponemos de semejante guisa. La individualidad se trueca en masa informe, desdibujada, que mucho recuerda al dantesco espectáculo de las fosas comunes de la II Guerra Mundial, por más que en este caso los cuerpos estén bien comidos.No le quito el mérito al sujeto, que a fuerza de lanzar ropa interior al aire ha logrado patrocinios millonarios. Es suya también esa capacidad de descubrir a tanto guarro suelto de la Ceca a la Meca. Porque no encuentro otra palabra para definir a quien gusta ir por la vida con las vergüenzas al aire, tilín-tolón, y encima colocarse en posición fetal entre el trasero de uno y la cabeza de otro, con la de malas jugadas que puede provocar semejante postura…

Hay quien cree que la libertad reside en tumbarse a la fresca en mitad de una ciudad, las varonías encogidas por el frío, mezclado en una manifestación desinhibida de orondos y lirondos nudistas, para que otro te fotografíe y se haga rico. Algo así sucede en Barcelona, en donde el despelote y el fornicio callejero cuentan con el beneplácito del ayuntamiento gracias a ese sujeto que hoy es ministro de Industria. Pero sobre los comercios que rotulan en castellano, todo el peso de la ley. Y todos tan felices.
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