8 may. 2007

El dolor se ceba con algunas celebridades, como si beber sus hieles fuera el precio de la gloria terrenal. Sir Alecc Guinness, el actor por antonomasia, capaz de resultarnos heroico y bribón en sus películas, de emocionarnos con su contención, con su dominio de la escena, nació bastardo y conoció el maltrato de los hombres de los bajos fondos londinenses, que se aprovechaban de su madre. Puede que semejante amargura infantil le estuviese preparando para deslumbrarse ante las bellezas del catolicismo, que abrazó en los últimos compases de su vida.

Edith Piaf, a la que ahora se celebra a partir de una película, se crió en el prostíbulo de su abuela después de que sus padres se desentendieran de ella. Encoge el corazón imaginar los primeros años de una niña entre pelanduscas, chulos y borrachos. Toda su inocencia rota entre la molicie perfumada de las alcobas y la pianola de un salón poco recomendable. Sin embargo, fueron aquellas prostitutas las que le alcanzaron dedaladas de miel. Conscientes de que la vida les había deparado la peor de las decadencias, las pupilas de su abuela buscaban el consuelo de Dios a través de la intercesión de una joven santa, Teresa Martin, universalmente venerada como Teresita del Niño Jesús o Teresa de Lisieux. Parece una contradicción: las vidas más rastreras buscaban la sombra de quien encarnó una existencia purísima, maestra de infancia espiritual y patrona de las misiones, a pesar de no haber abandonado la clausura.Me conmueve imaginar la oración de aquellas prostitutas frente a los santos restos de la carmelita. Me emociona verlas con la pequeña Edith de la mano, escucharlas en sus argumentaciones simples sobre la misericordia de Dios encarnada en aquella francesa apenas letrada que hoy es Doctora de la Iglesia gracias a sus cuadernos repletos de sencillez.

No sé si cuando la Piaff entonaba aquella trágica “La vie en rose”, su garganta se quebraba ante el recuerdo de las pobres mujeres. Intuiría que ya habrían recibido el consuelo de la santa religiosa. No sé si al comprobar como su vida vagaba del éxito profesional al fracaso personal, o cuando la salud se le quebraba como la porcelana, o cuando sólo podía resistir gracias a la morfina, su corazón le llevaba de la mano de una prostituta hasta el túmulo en el que se veneran los restos de la santa. Tal vez, en sus últimos alientos, llegó a entrever el rostro aniñado de la carmelita que, con una sonrisa, le esperaba al otro lado de la frontera junto a aquel grupo de mujeres, por fin muy felices.
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