14 sept. 2007

Le recuerdo casi un crío, rompiendo el paseíllo de las novilladas de postín en la plaza de toros de las Ventas. Parecía imposible que aquel muchacho que aún no se había desarrollado pudiese enfrentarse a los novillos que aguardaban en toriles. Pero no sólo se enfrentaba a ellos, sino que dejaba boquiabierto al público más exigente del singular mundo de los toros. También le recuerdo en Bilbao. Acababa de tomar la alternativa y había crecido algo, pero seguía siendo un crío, un crío que cuajó una tarde memorable. A partir de entonces cambió su destino, hasta convertirse en la máxima figura del toreo durante tres lustros, un matador para la Historia en el que se han mirado cientos de chavales que sueñan seguir sus pasos. Quienes le conocen alaban su hombría, la sencillez de su mundo, su capacidad para hacer amigos y la afición desmedida por el oficio que ha convertido su nombre en gloria. Además, siente predilección por un rincón del mundo: el cerro de Tepeyac en el que la Virgen entregó su huipil al indio Juan Diego. Cada vez que el torero viaja a México, pide a sus amigos que le acompañen a Guadalupe. Extasiado ante la serena belleza de la imagen milagrosa, Enrique Ponce deja escapar los más dulces piropos. <<¿A que es guapa?>>, pregunta a los suyos. <<¿A que es la más guapa que nunca has visto?>>, insiste con los ojos clavados en el poncho.Se casó con una mujer hermosísima y discreta. No alardea de su fama ni del dinero que ha ganado al golpe de sangre y esfuerzo. Podría haberse retirado hace años para disfrutar de su éxito, pero sigue viajando de plaza a plaza con la intención de regalarnos nuevos ramilletes de arte. Ojalá podamos verle aún muchas temporadas.

¿Y por qué hablo de Enrique Ponce en las páginas de Alba? Porque el estercolero de Tele 5 le ha lanzado su basura. “Dicen que dicen...”, y sueltan la más podrida de las calumnias. Otra vez el juego vesánico del cotilleo más ruin, por mentiroso y canalla. A Tele 5 le da igual. Por mantener a los iletrados ante la pantalla son capaces de destruir la fama de una buena persona, mancillar su nombre y el de su esposa, levantar las olas de la miseria con intención de hundir una trayectoria ejemplar.
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