21 sept. 2007

El capricho creativo de Donatella Versacce le ha convertido en fuente de inspiración para una colección de ropa. Puede que a la industria de la moda no se le pueda exigir un poco más de interiorización. Lo suyo es banalizarlo todo, incluso lo que roza lo sagrado. Georg Gaenswein, secretario personal de Benedicto XVI, se lo toma con resignación y hasta reconoce que le llegan cartas de amor por parte de alguna chiflada (lo de chiflada lo añado yo, porque hay que estar loca para pretender al sacerdote con más poder del apartamento papal), e incluso le pone humor al reconocer que la belleza es un don de Dios, algo no sólo no pecaminoso sino fruto del sabio capricho divino, que ha decidido que en la sombra del gobierno de la Iglesia aparezca un hombre apuesto con aire de actor maduro, lo que me lleva a reflexionar que la belleza no sólo no es pecaminosa, sino que es necesaria, y que el conocimiento del misterio de Dios sería mucho más atrayente si se cuidase un poquito más la liturgia, que es la belleza (interna y externa) con la que la Iglesia ejerce su función mediadora entre el cielo y la tierra. Porque llevamos demasiadas décadas de feísmo: de templos que recuerdan almacenes de desguace; de curas a los que atemoriza la solemnidad del alzacuello; de monjas que parecen cualquier cosa con su intención de no ser reconocidas; de fieles que confunden la vestimenta de la misa con la del chiringuito playero o con la de una fiesta de la ruta del bakalao; de músicas horriblemente feas que destrozan el mejor intento de rezar; de carteles, eslóganes, dibujos, pósteres y manualidades que eliminan la grandeza de lo sagrado; de karaokes, baterías y otros instrumentos de percusión que sobresaltan la oración de los niños y de los ancianos; de ausencia de confesonarios y pilas bautismales; de temor, en fin, a lo que engrandece, recrea, estremece, motiva, educa y eleva el espíritu.No es cuestión, por supuesto, de convertir las ceremonias en pasarelas de celebrantes guapos. Sin ir más lejos, Georg Gaenswein ocupa un discretísimo puesto junto a su jefe de filas, Benedicto XVI, auténtico adalid del regreso al tesoro inagotable de la liturgia, en el que les aseguro que no encaja la estúpida provocación de Donatella Versacce. Porque la belleza espiritual alcanza mucho más allá que al capricho de los sentidos. Es más, los envuelve hasta alzarlos a una esfera inalcanzable de otro modo. Hagan ustedes la prueba: busquen una iglesia en la que se cuide y respete el ceremonial, en la que se utilice una música religiosa avalada por los siglos y procuren rezar. Con toda seguridad, todo les parecerá distinto.
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