21 sept. 2007

Es una lástima que anuncie tampones en mi pantalla plana, porque se trata de un producto que merece una elegante discreción y que nada aporta a su dulce imagen, la de una chica sana que ha sabido sobreponerse al dolor y, sobre todo, no hacer de él argumento para alimentarse de la fama. Sabe que le basta su voz, un timbre dulce y melancólico, estremecedor en algunos instantes, con el que ha resucitado los grandes temas de su madre, injustamente ninguneada en estos lares y venerada entre las más grandes por las tierras de fuego y culebras de México. Qué curioso, Rocío Dúrcal consagró la ranchera como si aquí Paulina Rubio engrandeciese el fandango de Huelva o el martinete, un imposible, lo sé. Aunque no tenía su desgarro, los aficionados a ese género de trompetas y dolores la colocan entre Lola Beltrán y Chavela Vargas. Pero es Shaila, Shaila Dúrcal, que tantos bolos hizo en la segunda fila del coro de su madre, la que se ha convertido, de la noche a la mañana, en otra estrella. Sé que “Recordando”, el disco que la ha consagrado, se fraguó cuando Marieta aún vivía. Sé que se trata de un sentido homenaje póstumo lejos de privilegios y oportunidades. Sé que ha tenido talento para verbalizar las rancheras inmortales de la Dúrcal hasta parecernos nuevas. Sé que ha llorado en la grabación de muchos temas (especialmente el tristísimo “Amor eterno”, una de las canciones más bonitas que nunca he escuchado) y que ha notado la ausencia del empujón, del guiño y la confidencia de aquella que tuvo que emigrar al país hermano para que su carrera no se deshiciera en el recuerdo casposo de un “Cine de barrio”. Shaila es, además, muy guapa, dueña de una belleza serena, una joven consciente del privilegio que supone vender miles de copias en el momento en el que la industria del disco toca fondo y convertirse en ídolo de masas a los dos lados del Océano. ¡Griten mariachis!
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