28 sept. 2007

Insultar es fácil, tan fácil que es la ciencia de los necios. Un creador, cuando necesita aparecer en los papeles, que se hable de él, que le consagren en la razón de lo inmediato que son los diarios que hoy lees y mañana olvidas, sólo tiene que recurrir al insulto, al escándalo, a la vejación gratuita. Como faltar es sencillo, no es necesario que el sujeto se estruje la cabeza: le basta encontrar un cordero que se deje degollar, una víctima que no responda, alguien especialmente pacífico y bueno al que cubrir de excrecencias con la tranquilidad de que no va a rebelarse. El lenguaje escandaloso y previsible es lo de menos, aunque si va aderezado de perversiones, palmaditas en la espalda y todos tan contentos.

Son muy pocos los que se atreven a enfrentarse a quien de verdad responde. Por ejemplo, los periodistas que definen la condición moral de los simpatizantes de ETA se han visto obligados a llevar guardaespaldas. Algo parecido le sucedió al novelista inglés que denigró gratuitamente el mensaje de Mahoma: el riesgo a que le cortaran la cabeza le obligó a desaparecer del mapa. Nada de esto les va a ocurrir a los creadores a los que me refiero en este artículo. Es más, puede que les caiga la presidencia de la SGAE como pago a su valentía por chacotearse de la Iglesia pero no de lanzar su basura contra los mártires de Alá o contra los cachorros del fanatismo vasco.
 Prefieren un Papa, a la Virgen o al mismísimo Jesucristo para demostrar su bajeza artística, la mediocridad de su técnica y su falta absoluta de principios. Saben que el Papa no presenta demandas judiciales. Tampoco la Virgen María o Jesús tienen entre sus planes hacer caer las siete plagas sobre el mediocre blasfemo, más bien todo lo contrario: permiten los parabienes del pesebre político, el relativo éxito del momento y hasta que puedan repetir sus gracias allí donde el provocador encuentre una administración pública dispuesta a entregarle el dinero de todos para semejantes basurillas. A fin de cuentas, Dios escribe hasta con la pata de una mesa y de aparentes grandes males nos regala el bien. Por eso aquellos a los que se dirigen las ofensas estamos tranquilos, aunque exijamos por todos los medios que nos ofrece la Ley que se detengan y que los que las promueven y facilitan respondan de lo que a todas luces es un delito. Más allá del ejercicio de la Ley nos queda la compasión que merece cualquier necio, se llame artista, alcalde, ministro o concejal.
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