26 oct. 2007

El algodón nunca engaña. Tampoco engaña el share o eso creen los que lo pagan, porque cuesta adivinar el capricho televisivo de un heterogéneo público de cuarenta y dos millones. En todo caso, triunfan las comedias de situación, especialmente aquellas dedicadas a la sacrosanta institución familiar… “Escenas de matrimonio” se lleva la palma, aunque “La familia mata” no está lejos del podium. Y no saben, amigos lectores, el retortijón que me provoca cuando semejantes seriales iluminan cada una de las pulgadas de mi pantalla plana. Y no porque sea remilgado, que uno a estas alturas no se asusta de nada (hasta le he perdido el miedo al hijo del guardia civil, ese maño que se llama Pepe Luis Pérez Díez, Carod Rovira cuando se pone la bata de cola y sale al Paralelo del nacionalismo chulapón, compañero de naipes de Ternera y otros angelitos), sino porque conservo el íntimo tesoro de las claves básicas de la educación que me enseñaron mis papás: séase no reírse de una mujer porque es gorda cual manatí, séase procurar limpiar mis diálogos de palabras soeces, séase no hablar de sexo tabernario tal y como no estaba permitido hacerlo de política ni religión en los clubes británicos.Vista la mugre que queda en el algodón cada vez que lo paso sobre mi pantalla después de los nombrados seriales, comienzo a tener la sensación de que el teatro en el que se ha convertido nuestro país no tiene arreglo. El público del gallinero y también el que se sienta en los palcos más caros echan las muelas de la risa cada vez que la gorda ballenata habla de orgasmos o cualquier otro miembro de la dichosa familia que mata salta como mandril en celo en busca de su mona. El matrimonio está en la antípoda de ese espectáculo rijoso y ordinario que más bien parece un urinario del viejo parque de fieras del Retiro. Y la familia, ¡ay la familia!, nada tiene que ver con los babuinos que corretean asilvestrados por los platós de Antena 3.
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