2 nov. 2007

No soy un experto en moda, ni siquiera un esteta o un filósofo dedicado al análisis de la belleza y, sin embargo, la belleza forma parte de mis obsesiones. Busco la armonía y, como casi nunca la encuentro, me esfuerzo en embaucarla para que se cuele, aunque sea de refilón, en mis escritos. Así que no me resulta ajeno el afán del mundo desarrollado por lo que llamamos moda, tendencias y gustos en el vestir. La mujer ofrece, desde su aparente fragilidad, sensibilidad hacia la estética, valor, gracia para los cambios y equilibrio corporal. Es una fuente inagotable de inspiración que ha convertido la necesidad de cubrir su cuerpo en un sugerente juego de creatividad. Ahora, buena parte de la industria vive empeñada en que la mujer deje de lado sus recursos para gustar a cambio de unos estilos que poco le favorecen. No voy a utilizar el manido asunto de la incompatibilidad habitual entre figurantes de pasarela y compradoras, porque ha sucedido siempre y se entiende que el producto sea más vistoso en una mujer que roza la perfección. Pero el oropel que muestran las citas mundiales de la moda se desdibuja cuando esa misma ropa que fastuosas chicas han mostrado con zancadas largas y embaucadoras se convierte en un Prêt-à-porter desnaturalizado a medida que pasa de manos del original diseñador a los talleres ilegales de copias rápidas.

Ya no son sólo unas privilegiadas las que cada temporada renuevan su armario. En cualquier rincón se sigue con interés las propuestas de los grandes modistos, los reportajes en revistas y periódicos y hasta el último grito –como antes se decía de manera gráfica- en el color de uñas o el corte de pelo. Por eso tiene tanta importancia la decisión del mercado, que durante los últimos lustros ha desnaturalizado de alguna manera a la mujer, obligándola a llevar aires ambiguos y, en muchos casos, nada favorecedores, colores muertos, indefinidos, como si lo que privara fuese el gusto por la fealdad, por lo roto, por lo incompleto.





La mujer no puede olvidar su carácter seductor, sea cual sea su edad, salvo que renuncie a la psicología propia de su sexo. Al hablar, al moverse, al vestir… necesita gustar y gustarse, afirmarse a través de todo lo que la envuelve, por más que lo realmente cautivador lo lleve dentro. Así que el feísmo, la comodidad por la comodidad, el destape innecesario, el aire desgarbado e indolente no benefician ni siquiera a esas maniquíes de rompe y rasga a las que parece que todo sienta bien. Podrán objetarme que el gusto es subjetivo, que el aprecio o el horror hacia los zapatos de plataforma y el pantalón de tiro bajo y acampanado depende de la educación de la estética que cada uno ha recibido. En parte es cierto, pero existen unos cánones, como en cualquiera otra rama del arte, una vara de medir que separa lo bueno de lo regular, lo magnífico del bodrio. Por tanto, siento una honda satisfacción al contemplar los primeros resultados de las pasarelas de este otoño, en el que parece confirmarse la vuelta a un corte definido, al pantalón de cintura alta, a la falda y al traje, al vestido, a los colores elegantes y a la geometría compensada, a la elegancia en una sola palabra.
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