2 nov. 2007

Recuerdo las calles de Madrid como una fiesta de paz y confeti blanco y amarillo. Llegaba el Papa, aquel polaco que traía la fuerza de un vendaval: su fe inquebrantable de que Europa tenía que volver a Dios y que España, nación de santos fundadores, místicos y mártires, lideraría el cambio junto a una Polonia a la que su elección como sucesor de San Pedro había dado unas alas enormes, invencibles, para terminar con el monstruo comunista.

¿Cómo un hombre del frío conectaba tan bien con la pasión ibérica?, se preguntaban los periodistas que seguían sus desplazamientos por los rincones de nuestro país. Su mensaje era comprometido, ya que abarcaba la totalidad del ser humano. Le entendían las monjas de clausura reunidas en Alba de Tormes como las familias que colapsaron el paseo de la Castellana para escuchar, en la voz exigente del Papa que había conocido las injustas imposiciones de nazis y comunistas, que nadie tenía derecho a acabar la vida de un inocente, refiriéndose a esa ley del aborto que se adivinaba en el horizonte cercano de los planes socialistas.Pero donde Juan Pablo II batió todas las marcas de la entrega y el compromiso fue en el Santiago Bernabeu. Allí había citado a los jóvenes de España, que se apretaban en las gradas del viejo estadio, ocupaban el césped y las calles de alrededor. Yo era un niño, pero con el paso del tiempo he conocido a muchas personas a las que aquel encuentro supuso un antes y un después, un cambio de rumbo definitivo: vocaciones sacerdotales y religiosas, compromisos completos con otras instituciones de la Iglesia, decisión de forjar hogares cristianos a pesar de que llegaba el relativismo del bienestar. El Papa elevó los corazones de todos aquellos muchachos como nunca nadie lo había hecho, lejos del histerismo colectivo que provocan las estrellas del rock. Hablaba con la multitud y cada uno sentía que Juan Pablo II se dirigía a él de manera personal, como si el Santo Padre estuviese en el salón de casa invitándote a dejar las redes y seguirle.
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