9 nov. 2007

Somos un país de graciosos. O de graciosillos. Nos acompañan desde siempre. ¿Quién no tuvo en clase un compañero chistoso al que siempre afloraba una ocurrencia? ¿Quién no sufrió la perspicacia de un profesor vivaz? ¿Quién no acude al mercado y debe sonreír ante la soltura con la que el pescadero o el de la charcutería suman chiste tras chiste? Por no hablar de la mili, aquellos que la vivieron, donde no hubo compañía sin soldado que pretendiera festejar a la gleba con un chiste salido de tono o que se lanzara al imitar a diestro y siniestro los andares y ademanes de éste y aquel. Aunque siempre, el peor de todos los graciosos que ha parido este suelo hispano, ha sido el que cree tener facilidad para reproducir acentos locales y va golpeándonos con sus chascarrillos de andaluces, gallegos, catalanes y vascos. El que se divierte dibujando acentos termina por simular tartamudeos, hablares gangosos, salivados, traqueotómicos, aspirados, mariposones así como cualquier otra modalidad que ofrezca la combinación en el uso de cuerdas vocales, lengua y paladar, y cada vez se siente más henchido de orgullo, como un palomo.
Cuando el gracioso de oficina se apuesta junto a la máquina del café, malo: es hora de huir antes de que te ensarte una colección de gracietas solapando los modos de Rajoy o Zapatero. Al gracioso lo puedes tener cerca, irremediablemente cerca: puede que sea tu portero o el vecino con el que siempre coincides en el ascensor, o tu cuñado o tu suegro, o el que vive en el B, oído avizor para salir al tiempo que tú a depositar la basura. Y ahí quedan sus parodias, sus recurrencias sobre el pene de los mosquitos o la voracidad sexual de las cucarachas hembra… Y te ves obligado a sonreír, una sonrisa que cansa, que causa dolor, que provoca sonrojo, el mismo que cubre mi pantalla plana cuando anuncia “El rey de la comedia”, una colección de chistosos recolectada por las esquinas de la patria que, además, se trabucan, conjugan mal, olvidan en el camerino el final de sus gags… Pero comprendo que somos un país de graciosillos, que todos hemos sufrido la inoportuna cercanía de alguno de ellos a lo largo de los años, sobre todo en la televisión.
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