7 dic. 2007

Vuelvo y regreso sobre “Jesús de Nazaret”, de Benedicto XVI. Vuelvo y regreso a una persona que jamás defrauda (el protagonista del libro) porque nunca deja de sorprendernos cuando lo contemplamos con ojos de niño. El Papa me ayuda a descubrir un matiz distinto en su figura que lo liga de manera determinada a todos aquellos que parecen pasar de puntillas: los pobres, los débiles, los locos, los niños... Leo “Jesús de Nazaret” y me entra la sensación de que la Historia no la escribieron los poderosos ni los exploradores, que no la hacen los empresarios ni los políticos, tampoco los escritores (más que me pese) sino todos esos hombres y mujeres, niños y ancianos que parecen no dejar huella sobre los años, que parecen no tener sombra, que parecen no proyectar nada más allá de su insignificancia. Y, sin embargo, es esa insignificancia la que traza el tapiz del futuro, la que anuda frutos de esperanza en el pobre legado del hombre.

Hace unos días conocí a Francisco Jesús, suscriptor y lector fiel de ALBA. Francisco Jesús está enfermo. Arrastra una parálisis cerebral desde que nació, lo que no le ha impedido enfrentarse al mundo y sobreponerse, incluso, a aquellos que pretendían que acudiera a un colegio de deficientes a pesar de su prodigiosa cabeza. Camina enhebrado al dolor, el cuerpo retorcido en una dolorosa postura de músculos contraídos. Confiesa Francisco Jesús que su enfermedad –su vida entera es una enfermedad- le humaniza, le acerca a los demás. Y me observa muy serio cuando proclama que él ha nacido para sufrir, que el dolor es su vocación, una vocación valiosísima con la que se suma al plan divino que se esboza en las páginas firmadas por el pontífice bávaro.

Y por si no fuera poco, después de que Francisco Jesús lograra conducir su propio vehículo, conocer a la mujer de su vida, casarse y formar una familia, Dios se le hace aún más presente con una enfermedad mental que le lleva, de cuando en cuando, a la planta psiquiátrica del hospital. Y allí, entre convulsiones y atado a una cama se siente más que nunca cerca de la cruz, sin beaterías ni fatalismos, sin milongas preciosistas. Es el dolor, el dolor desnudo, con el que Francisco Jesús me enseña el secreto del corazón del hombre.
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