28 dic. 2007

Ahora que los constructores hacen las casas de papel, los cachetes al niño llorón cruzan los muros, ¡zas!, cuando no se come las espinacas. También cuando salta sobre la cama recién hecha o se pone a dibujar en las paredes con un bolígrafo. Natural. Así aprenderá que hay que comer lo que nos sirven en el plato, que es necesario respetar el trabajo de los demás (la madre no puede pasarse los días volviendo a componer lo que el nene destroza) y cuidar del hogar, que es de todos. El cachete, el azote, es elemento educativo desde que el mundo es mundo. Otra cosa es que se utilice en demasía o que sea el padre o la madre quienes lo merezcan por consentir todos los caprichos al nene, que es un pelmazo.

En mi vida, como en la de casi todos, hubo cachetes que sirvieron para enderezar el rumbo. Fueron caricias fuertes por asuntos menores, ya que la mala educación no se resuelve a golpes. Es más, la mala educación no suele resolverse porque el que la imparte, seguro, es un mal educado. Pero decía que en mi vida hubo algún cachete cuando solté mi primera mentira grave, cuando me empeñé en no obedecer o cuando lancé un pulso a mi madre frente a una cena que me desagradaba. ¿Me traumaron? En absoluto. Fueron revulsivo que me despertó de mis pequeñas faltas de infante, uno de los motivos por los que a mis padres siempre les traté con cariño y respeto creciente.Pero este Estado quiere controlarlo todo. Después de haber vaciado la mente y el espíritu de los jóvenes mediante una educación huera, ahora les toca ejercer de padres y animar a los pequeños a revelarse contra la autoridad cuando esta deja de ofrecerse con un timorato “por favor”. Llegará un momento en el que estas políticas harán del ciudadano un objeto propiedad de la administración y tendrá que pedir permiso hasta para toser bajo riesgo de que le impongan una multa. Es la esquizofrenia del buenismo, la dejación absoluta de responsabilidades en manos de un monstruo que se renueva cada cuatro años y que no se sacia a la hora de legislar.
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