5 ene. 2008

Pocas veces mi pantalla plana se embebe de tanto arte. Cada mililitro de litio se convierte de pronto en una explosión de belleza, la de la nave central de la Basílica de San Pedro, que es algo más que una iglesia muy grande con un peculiar baldaquino: es durante unas horas –las que dura la liturgia- el centro del mundo, la cuna de la civilización. Oficia Benedicto XVI, el papa sabio, el docto profesor de universidad al que le pulsea la belleza en las muñecas cada vez que se pone a escribir. El Sumo Pontífice que convierte en belleza cada uno de sus sermones, de sus catequesis de los miércoles –que congregan a más peregrinos que nunca-, de sus cartas y documentos, de sus libros divulgativos y sus encíclicas. Es el Papa del “eros” y el “ágape”, el que asegura que el hombre es un chispazo de la belleza misma de Dios. Es el santo padre que mima cada instante de la misa, el que hace de sus celebraciones una magnificencia como ya nos mostró durante las honras fúnebres del Juan Pablo Magno.Durante la misa del gallo, el Vaticano es un rincón de misterio, un cubículo que se amolda a la perfección a las ansias de verdad de cada hombre, de cada mujer. El dulce timbre del antes desconocido y caricaturizado Ratziger desvela las maravillas de un niño que nace en el anonimato para salvar al mundo, para salvarme a mí, telespectador de pantalla plana. Estamos en la era de la biomedicina, en el camino a Marte, pero bajo la cúpula de San Pedro todo vuelve a hacerse pequeño, y los científicos y los matemáticos se hacen iguales a esos pastores desdentados y analfabetos que recibieron la nueva más buena de toda la Historia. Y mi habitación ya no huele al sintético de la moqueta, sino a incienso, ese mismo con el que la madre y el niño fueron honrados por unos extranjeros. Y mi habitación ya no refulge con la luz del litio, sino con los cirios que coronan la tumba de Pedro, primer eslabón de esta cadena de pecadores que cierra un niño que nace en cualquier maternidad de este planeta viejo.
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