28 dic. 2007

Corasón corasón se frota las manos. Los políticos, esa vieja pléyade de hombres grises de maletín y despacho, se han descorbatado. Unos pasean por Eurodisney de la mano de una cariátide. Otros vuelven a la vida civil por la puerta abierta de mi pantalla plana del brazo de una ninfa. Presentan en sociedad a la ninfa, que la cariátide es bien conocida, tanto como la esposa despechada que soportó la cornada a cambio de cruzarse el pecho durante unos días con la banda de primera dama de la República..., de la República de las esposas corneadas. Se enamoró de un piernas largas y de los piernas largas conocemos bien sus averías: una maleta en la puerta después de que la legítima les haya acompañado hasta bien entrados los cuarenta y criado a los hijos que se sientan a cenar el pavo de la Nochebuena con la cariátide o con la ninfa. Pero ninfa y carátide no parecen amores de largo recorrido, que se lo digan a aquel, sino protagonistas de próximas ediciones de “Mira quién baila”, cuando al político se le haya oxidado la verborrea y merezca homenajes por toda una vida de lucha a favor de la democracia, cuando se haya convertido en un anciano al que los delfines de partido vienen a solicitar consulta como el que se acerca a una lectora de posos del café. Y mientras el político hace de sus palabras un pedestal con la chaqueta sucia de lamparones y la solapa insertada de encomiendas, la ninfa y la cariátide saltan al ritmo de un hip-hop, pues aún les queda cuerda para rato. Es el problema de ligarse a quien no corresponde, de creer que son nuestros encantos naturales los que despiertan la pasión de las jovencitas y no la cercanía de los flashes, las cenas en Palacio o los reportajes en Corasón, corasón.
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