21 dic. 2007

Umbral tuvo el mérito inmenso de inventarse a Umbral. Hizo con su obra literaria un protagonista inconfundible: él mismo. Más que sus novelas, más que sus artículos, nos ha quedado para la biblioteca de la posteridad Francisco Umbral y su careta. Uno abre cualquiera de sus libros, cualquier colección de sus infinitos artículos y se encuentra de cara no con una sucesión infinita de crónicas sino con el mismísimo Umbral, con la languidez de su rostro impertérrito, de sus ojos achinados, de sus gafas gruesas, de su piel blanca y de su melena cana. Él es su propio abecedario. Umbral es el diccionario de Umbral: un castellano reinventado cuyas palabras definen a un escritor de provincias que vino a Madrid para conquistar los callejones sórdidos de la capital.

El personaje Umbral, Umbral en sí mismo, es Francisco Umbral menos su hijo. Es Umbral con el peso de un niño muerto, aquel que perdió en los primeros años de los setenta después de un cáncer devastador. Es Umbral con un hueco en el pecho, el de su criatura ausente. Lo cuenta una y otra vez en “Mortal y rosa”, testimonio interior de dos muertes: la del niño y la del padre, porque el padre murió aquel día en el que el pequeño cerró definitivamente sus pestañas rizadas en un hospital de Madrid. Y desde el dolor, anclado definitivamente en el corazón del escritor, nació el personaje, el irreverente, el faltón, el mago del lenguaje, el ahogado en vida que respiraba descreimiento en Dios y en los hombres, Francisco Umbral, el genial, el desamparado, el que nunca sonreía, el que necesitaba hablar de su libro porque apenas tenía nada más que contar.Así que al leer “Mortal y rosa” he sentido ternura por el hombre, no por el magnánimo gacetillero, sino por el padre que pierde un hijo para naufragar en una existencia de halagos e incomprensión. A nadie dejó asomar a su alma después de poner el punto y final a “Mortal y Rosa”, donde lo dejó dicho todo: que su vida era un quebranto, un mundo sin Dios del que heredaba un triste desierto de palabras habitado por Umbral, el escritor, el personaje que anhelaba sin decirlo un consuelo después de la muerte cuado la muerte lo era todo.
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