26 ene. 2008

España es un país de grandes cómicos. Siempre lo ha sido. Desde las corralas. Desde la tartana que llevaba a la compañía de pueblo en pueblo. Quiero creer que los cómicos caldearon nuestra historia desde aquellos antiquísimos autos sacramentales. Que incluso antes ya levantaban sus tablas para hacer reír y llorar al público. Eran cómicos queridísimos, respetados, amados por un pueblo que necesitaba olvidar los rigores de la rutina, colarse en la piel de otros personajes, soñar incluso en tiempos de guerra. Y de paz, como ahora. Porque ahora también vivimos tiempo de grandes cómicos, como siempre, aunque el talento se les desdibuje con la televisión. Porque mi pantalla plana juega a ser corrala y tartana, a ser escenario y tablas en los que sostener su maestría, pero la inmediatez no es buena amiga de los cómicos, como tampoco los shares, que se han llevado de un plumazo la genialidad creadora de esos hombres y mujeres de mil caras, obligados a cameos de medio pelo para comer, obligados a los guiones básicos, a las interpretaciones planas, a las necesidades de la audiencia que ya no pisa los teatros y quiere todo enlatado en pantallas de litio. La creatividad de los cómicos ha quedado encarcelada en series que se emiten hoy y hoy se olvidan, porque se han terminado las glorias nacionales, esas que rescataban los canales añosos para que comprendiésemos que España es un país de grandes cómicos, que siempre lo ha sido, incluso en estos tiempos de carrera desenfrenada por ocupar el podio del programa más visto, algo ajeno a los cómicos, que sólo desean un buen papel que inmortalice sus nombres en el imaginario colectivo que ama a Tony Leblanc por sus interpretaciones de los cincuenta y sesenta o a Julia Gutiérrez Caba por esas largas ovaciones después de que cayera el telón.
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