2 feb. 2008

La Bella Otero se soltaba por fandangos en los teatros de Prusia y Moscú y los palcos echaban humo. Las damiselas afinaban los binoculares para buscar –con afectado escándalo- los encantos de aquella cortesana gallega que se beneficiaba a todo hombre coronado. Y concluían que era casquivana y desclasada, una extravagancia española que calentaba las noches polares de palacio hasta que se largaba con su trouppe en busca de otro teatro y otro colchón de soberano. Para la otra Otero, la de ahora, la Bella tiene que ser un signo anticipado de liberación, una premonición de la España de las libertades en las que las ondas de la tarde y hasta las pantallas planas pueden atufarse de conversaciones de mal gusto con graciosos de pacotilla. Y eso que la Otero, la de ahora, es una gran profesional, lo reconozco, capaz de llevarse el gato al agua cada vez que le viene en gana. Son los beneficios de una chica lista, también bella y también gallega, que pasó de presentar un concurso al uso a convertirse en muchacha del sistema, voz de su amo gracias a que lograba vender el doble de números del TP cada vez que la revista la sacaba en portada.La Bella Otero, pobrecita, no sobrevivió a las desgracias a pesar de los collares de perlas y los brillantones birlados a las joyas de la corona. La otra Otero, la de ahora, se ha organizado bastante mejor y no podemos negarle sus méritos. Por momentos resulta simpática y casi siempre parece convincente. Sin embargo le pesa el sectarismo, esa pretendida apuesta por los que no tienen voz que le empuja a tomar partido en todo aquello que representa la caída en picado de esta sociedad. No dudo de su buen corazón, Dios me libre, ni de la calidad formal de sus programas, pero el pesebre, por definición, sólo forma periodistas presos del argumentario oficial, incluso cuando éstos logran abandonar los lazos de TV3 a cambio de un cómodo estudio en una cadena privada de radio. Y por eso se alegra la Otero, la de ahora, cuando un juez libra al doctor muerte de sus prácticas sedatorias. ¡Márcate un fandango!
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