19 ene. 2008

Con licencia del gran Quino, me he entrevistado con Mafalda, aquella chica preguntona y pesimista como su creador, que ha hecho las delicias de tres generaciones. Mafalda vive ahora en Madrid, regenta un restaurante y cuida que cada noche le cuadre la caja. No puede ocultar ese bellísimo acento porteño ni dejar de suspirar por sus amigos de infancia. Felipito se casó con Susanita, de la que hoy está divorciado, para liarse con una compañera de trabajo que resultó ser prima segunda de Libertad, aquella nena chiquita a la que el socialismo familiar había causado una empanada mental de la que al fin se resarció, porque junto con Manolito es accionista en un negocio de gimnasios que les da mucho dinero.

Pero les decía que me entrevisté con Mafalfa después de haberme gastado las perras (los euros, perdón) en su establecimiento, en el que me sirvieron un biffe algo requemado y unos panqueques con dulce de leche para chuparse los dedos. Le pregunté por la situación del mundo. Para mi sorpresa, me confesó que las cosas están mejor que allá por los setenta, cuando colocaba el planeta en un diván de psicoanalista y le ponía el termómetro en Asia. Quedan muchas injusticias por resolver, lo confiesa, pero la caída del telón de acero nos ha dado un respiro y un ataque fuerte de tos, que Mafalda relaciona con el terrorismo. Se considera defensora a ultranza de la familia. No en vano, hizo de sus padres unas estrellas de la clase media. Por eso no entiende lo que ocurre en España y tiene a Zapatero más atragantado que la sopa, plato que le sigue repugnando. Dice que fue la paciencia de sus padres la que le libró de un suicidio, ya que terminaron por mostrarle el lado lindo de la vida sin necesidad de una asignatura de Educación para la Ciudadanía. Y que si los hippies fueron el iniciose de un cambio vacío de contenido, la desnaturalización del matrimonio es el acabose de una civilización que había posibilitado un mundo libre. “¡La pucha!”, lamenta al leer las declaraciones descafeinadas de nuestros políticos que no reparan en que Europa se está despoblando. Entonces siente lástima de todos esos niños que ya no llenan los parques ni se sientan en la acera para ver pasar la vida. Como hacían ellos de nenes, no más.
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