12 ene. 2008

Pepiño se nos declara cristiano, ¡ay!. Es la sombra de todas las leyes injustas que han florecido durante esta legislatura y se declara cristiano, ¡ay, ay! Ha defendido el derecho de los homosexuales a celebrar bodorrio, a tener libro de familia, a compartir mesa y mantel con aquellos abuelitos que celebran sus bodas de oro, y se declara cristiano, ¡ay, ay, ay! Y quiere que el Estado enseñe a los adolescentes a hacer cosas feísimas cuando estén solitos, a solazarse con sus compañeros sin importar el sexo de cada cual, ya que sobre gustos no hay nada escrito, a decidir nuestro género porque somos equiparables a los insectos, a las gallináceas, a los batracios, y se declara seguidor del mismo Jesucristo, ¡ay, ay, ay, ay! Desprecia a los obispos, pastores de la grey, ignora a cuantos procuran seguir sus indicaciones, desoye cuantos consejos parten de la Iglesia, pero se dice formar parte de esa semilla de Pentecostés que ha florecido a lo largo de los siglos, ¡reay y reay! Tal vez desconozca que entre sus hermanos en la fe han existido algunos capaces de entregar la propia vida antes de consentir las veleidades de un sátrapa (desde un César a un dictador bananero pasando por un presidente elegido por el pueblo), que existen hombres y mujeres que prefieren perder la honra y la hacienda antes que consentir ante una ley injusta. Y puede que, por desconocerlo, nuestro buen socialista se haya declarado discípulo de aquel que crucificaron acusado por revelarse contra la autoridad.No puedo juzgar la conciencia de nadie, tampoco la de Pepiño, quien puede que viva el cristianismo con la pasión de un buen hijo, aunque en sus palabras adivino cierto cálculo electoral por los despachos de la calle Ferraz. Y en esos cálculos, ajustadísimos, los oráculos del PSOE conocen que gran parte de sus votos provienen de aquellos que sí se saben cristianos y se identifican con la persona y la doctrina de Cristo, que admiran al Papa y sienten cercana la parroquia, en donde tantas veces escuchan la voz de sus pastores. Y sin juzgar la conciencia del político gallego, rincón sagrado de todo hombre, adivino en su declaración la frialdad de los porcentajes, la necesidad electoral de adueñarse de la cruz aunque la cruz repugne, la urgencia por vapulear a los obispos que son capaces de reunir en torno a si a millones de fieles sin necesidad de regalar ni vender nada. Para el cristiano Pepiño es indispensable silenciar un magisterio que deslegitima tanta política inhumana. ¡Ay!
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