2 feb. 2008

Ahora que internet es una hemeroteca al alcance de cualquiera, tendríamos que apuntar las promesas de campaña para verificarlas en el futuro. Y eso que las promesas últimamente se adelantan a la pegada de carteles. Yo doy, tú das, como en el adagio latino. Tú prometes, yo prometo el doble con tal de rascar el voto de aquellos a los que sólo les mueve beneficiarse del impuesto que pagamos aquellos que aún podemos mantener a flote esta nave a la deriva.Nunca he ejercido de político, pero debe resultar un gustazo subir los peldaños de un escenario para regalar dádivas como el que lanza caramelos en una fiesta infantil. Supongo que bastará con echar un vistazo al público que llena el auditorio a cambio de bocadillo y aguinaldo. Si son jubilados ha llegado el momento de las pensiones, de las vacaciones pagadas, del viagra por la Seguridad Social para aquellos que aún se sientan con ánimos… Si lo llenan los jóvenes –cosa difícil, me temo-, el candidato se quita la chaqueta y hasta la corbata y se deja acompañar por algún músico de moda al que, entre bambalinas, se le promete la exclusividad en el himno de la vuelta ciclista a España. Y entonces llega el turno de hablar del trabajo –miles de puestos, como si el candidato hubiera destripado a un pollo para leer los oráculos del empleo-, la promesa de que no habrá que tocar un libro para saltar de curso en curso como el que juega a la oca y apruebo porque me toca, el rollito de que hay que hablar inglés y los viajes subvencionados en el ecuador al Peloponeso, con el póntelo-pónselo en el kit de viaje. En cambio, si los que escuchan son empresarios, el candidato cede el puesto a un segundón un poco grisáceo que maneje ciertos términos que al susodicho se le escapan. Contención salarial, incentivos a la producción, competencia frente a las economías emergentes… La antítesis de las promesas al vulgo. Y si lo que se quiere conquistar es el voto desinhibido, el candidato se remanga la camisa, incluso se la ata bajo el pecho y se lanza a bailar una bachata y lo que se tercie a ritmo de promesa, ¡mambo!, promesa, ¡mambo, mambo!, promesa, ¡mambo!, promesa, ¡mambo, mambo…!
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