23 feb. 2008

Me siento mundano. Es más, soy mundano hasta el tuétano, ciudadano del mundo, hijo de un tiempo de entremilenios, un apasionado de este siglo que arranca tan lleno de luces, tan repleto de sombras. Y la mundanidad me encanta. En ella me siento como pez en el agua, lejos de convencionalismos, de lugares aparte, de reclusiones. Disfruto bajo el sol, atenazado por las nubes y hasta mojado de lluvia. Esa es mi mundanidad, la de los demás, la de todos: la infancia que guardo con la extrañeza que provoca madurar, la adolescencia y la juventud repletas de errores de cálculo y de un deseo desmedido de que alguien quisiera mi corazón mundano. Y cuando ese alguien apareció, mi vida dio un nuevo guiño a la mundanidad y maduró para comenzar a darse sin condiciones a través de esta institución divina y humana, mundana, de la familia. Así que para mí la mundanidad es una medalla, un título nobiliario, un respirar trece veces por minuto, como en el poema, bocanadas de vida maravillosa, lejos de rarezas y exclusivismos. Y gracias a esta mundanidad que he repetido en este artículo hasta la saciedad escribo, ya que soy escritor sin florituras, mundano como el que más, que en mis novelas y artículos trato del hombre y su destino. ¿Y es que el hombre tiene destino? Por supuesto, y es ese destino el que sublima la mundanidad para convertirla en un presente continuo de felicidad creciente. Porque los hombres, sobre todo los mundanos, aspiramos a una felicidad que no es la felicidad de un domingo en casa con las zapatillas de felpa sino algo más, desconocido, atrayente y misterioso, capaz de elevar nuestro paseo instantáneo por la Historia y convertirlo en eternidad.Tal vez no les quede claro lo que intento reflexionar en este artículo. A fin de cuentas no es más que un ir y venir sobre Spe salvi, tal vez la Encíclica más profunda y bella que nunca jamás ha escrito un hombre de Dios. Dudo que alguien pueda disfrutar de la gracia de su fe sin considerar lo que Benedicto XVI nos propone: que hemos sido creados para una felicidad eterna y sin fin que da sentido a todas y cada una de nuestras mundanidades, sobre todo las que duelen.
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