1 mar. 2008

Los adultos decimos no tener culpa de nada -por más destrozos que existan a nuestro alrededor- porque de nada nos arrepentimos. “Perdón”, más allá de una forma protocolaria en desuso es el eje de la convivencia en todas sus escalas. Pero no, no entramos en materia. Al menos, esa estúpida falta de arrepentimiento es un tipo de respuesta al uso en uno de esos estúpidos cuestionarios a los que se somete la gente popular. “¿Se arrepiente usted de algo en su vida?”, ataca el que pregunta. “No me arrepiento de nada”, contesta, seguro de sí mismo, el entrevistado, como si chapotear en el daño que causan nuestros malos actos, nuestros olvidos, nos diesen patente de corso, nobleza baturra, qué se yo, cuando en la vida sólo se triunfa de verdad cuando estamos dispuestos a comenzar una y otra vez, por más que tropecemos.

Esto viene a cuento porque mi hijo mayor va a confesarse por primera vez en el camino de preparación para la Comunión, que recibirá el próximo mes de mayo. Es un niño de ocho años, jovial, despierto, algo retraído cuando está rodeado de extraños, generoso y de mirada limpia, como todos los pequeños. Pero tiene ocho años y dispone de razón suficiente para calibrar cuándo hace las cosas bien y cuándo las hace mal.
Pero, repito, es alegre, muy alegre a pesar que, desde hace unos meses y de cuando en cuando se detiene a examinar su conciencia por si ha hecho daño a alguien. Sus faltas son todas leves, por supuesto, de una pequeñez que a su padre le encienden en ternura. Pero son faltas y el hecho de reconocerlas ante Dios para recibir la absolución del Cielo delatan su disposición a recomponer el mal, a devolver el bien allí donde causaron un pequeño dolor sus desobediencias, alguna mentira casi insignificante, sus terquedades…

Para el mundo de la asepsia, la confesión de un niño debe ser motivo de escándalo, algo así como someterle al peso de un tribunal inconmovible, a la sombría frialdad de la culpa, al perfil anguloso de un cura perverso en su exigencia. Nada más lejos de la realidad… Reconocer nuestras debilidades con el propósito de que Dios nos perdone y nos aumente las fuerzas para la lucha sólo puede ayudarnos a ser más libres, más alegres, más serviciales, más divertidos, todas esas virtudes que, hasta el momento, en mi hijo apenas han comenzado a fructificar.
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