14 mar. 2008

Zapatero ha ganado las elecciones y mucha gente de bien ha visto abatida su línea de flotación, su capacidad de espera, su santa paciencia… Soñábamos con un castigo justo por los últimos cuatro años de mala gestión y de afrentas contra la naturaleza del Estado –es imposible olvidar la fijación del Presidente por la familia o la amoralidad de su gestión antiterrorista- y el sistema democrático y su caprichosa ley electoral nos han regalado una nueva legislatura con el presidente por accidente, aquel que llegó a la Moncloa sin otra experiencia previa que la cafetería del Congreso (y hay que ver lo pronto que se le olvidó el precio del café…) y que volverá al Congreso cuando se le acabe esta especie de cielo en vida del que está disfrutando, porque el pobre no sabe hacer otra cosa.

Zapatero ha ganado las elecciones, no cabe discusión. ¿Y qué? La política no lo es todo. La política es más bien poca cosa, un ejercicio de servicio público que se ha convertido en un filón para este curioso pimpampún bipartidista. Porque si en Zapatero están muchos males pero no todos, en la oposición tampoco están todos los bienes. Natural, por más que no haya muchas más opciones en las que depositar nuestra maltratada confianza. Aunque esta última aseveración no es del todo cierta: la primera legislatura del tipo de las cejas picudas nos ha despertado del sueño –del mal sueño- en el que había languidecido la sociedad española después de cuarenta años de franquismo y casi treinta de una democracia parlamentaria en la que los representantes públicos jugaban a pobres diosecillos ante el poder casi omnímodo que les otorgaba su representación por circunscripciones. Pero el bombazo de Atocha, que se llevó por delante doscientas vidas inocentes, sacudió nuestra estúpida somnolencia, esa desgana del que no quiere complicarse la vida. La sociedad civil despertó durante aquellos infaustos días en los que la democracia borró de un plumazo todos sus pactos tácitos y los políticos se dedicaron a lo que se dedicaron: unos a provocar instintos atávicos y otros a mal dirigir la terrible catástrofe. A partir de entonces la oposición no sólo está en el parlamento sino –y sobre todo- en la iniciativa de miles de ciudadanos que comprenden que no hay nada más democrático que distinguir los problemas para intentar darles una solución, a pesar de no contar con el beneplácito de los teóricos representantes del pueblo.

Zapatero ha ganado las elecciones. Pues muy bien, bienvenido sea Zapatero y bienvenida sea la sociedad civil, un poco más madura y mucho más ejercitada para enfrentarse al absolutismo de este sistema bienpensante.
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