28 mar. 2008

A veces se nos olvida la lupa con la que los demás observan a quienes de declaran cristianos. Por ejemplo, en la pasada campaña electoral el ahora nuevo presidente del Gobierno echaba en cara no sé qué asunto al partido de la oposición alegando un muy poco elegante: <<y esos son los que van a misa>>. Yo no sé si los candidatos del PP van a misa, ni me importa. En todo caso, aquellas palabras desabridas me recordaron la vigilancia puntillosa hacia quienes practicamos las obligaciones que marca nuestra fe.

Hace unos años mi madre se encontró a un hombre, casco sobre la cabeza, terminando una reparación eléctrica. Ella se fijó en el anagrama del casco porque un cuñado suyo –mi tío Rafa- había sido presidente de aquella compañía. Y mi madre, que no conocía respetos humanos, se dirigió al trabajador para comunicarle aquel parentesco. Ella sabía que la compañía contaba con miles de trabajadores. Era consciente, además, de que los obreros siempre están demasiado lejos de quienes las dirigen. Sin embargo, cuál no fue su sorpresa al ver que el hombre se descubría con los ojos brillantes de emoción para confesarle lo mucho que le debía a mi tío. En concreto, hacía unos años había sufrido una desgracia familiar con un hijo, una enfermedad que comprometía la paz familiar y la seguridad de su empleo. Se lo hizo saber a su superior y éste levantó acta del problema. No sé por qué conducto aquel papel acabó en la mesa del presidente, quien ni corto ni perezoso se acercó hasta la casa de su empleado –él, dueño y señor del gigante eléctrico- para comunicarle que podía estar tranquilo, pues él (y no la empresa) correría con todos los gastos que pudiese generar la enfermedad del hijo. Sólo le pedía que no abandonara su puesto y que no diese a conocer aquella ayuda.Mi tío Rafa fue un hombre discreto, a pesar de su posición, que pasó por el mundo sin hacer ruido. Cuando mi padre falleció, se encargó de que mi madre recibiese lo necesario para evitar los apuros de la viudedad ante la dificultad de sacar cinco hijos adelante. Por eso los ojos de mi madre también se encendieron de emoción al escuchar el testimonio de aquel obrero que terminaba de cementar la acera.

Mi tío Rafa, posiblemente, encontraba en la Eucaristía la fuerza para desplazar las obligaciones de primera fila y enredarse en la ayuda de aquellos que se encontraban más lejos de la mesa de su despacho. Y a mí me sirve de ejemplo continuo porque quisiera parecerme a él.

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