8 mar. 2008

No debe ser difícil abandonar la utopía comunista. Muchos lo han hecho. Casi todos. ¿Quién puede resistirse a los frutos que dejó la dictadura del proletariado? Gulags, campos de concentración, cárceles, terrorismo de Estado… La perversidad no tuvo límites en aquellos países barridos por la cola del Leviatán rojo. Aún vomita su fuego sobre esa perla del Caribe en la que los hermanos Castro, ancianos y perversos, lo controlan todo, hasta el derecho de pernada de quienes traen los dólares de Bush escondidos en una faltriquera.

Sin embargo, el comunismo sigue vendiéndose bien. El eurocomunismo, digo, ese que inventó Carillo para liberarse del peso de la Guerra y que facilitó la integración democrática de quienes suspiraban por las glorias momificadas del exilio. Los trajeron e incluso los sentaron en la presidencia del Congreso, en la bancada del Senado y los encumbraron de homenajes. Muy bien.

El buen vivir hizo que el PCE se transformara en una anécdota, una antigualla de museo en la que acabaron a palos los unos contra los otros. Así que los eurocomunistas inventaron una extraña amalgama, IU, otra rareza que formará parte del anecdotario patrio el día que puedan prescindir de ella esos partidos que necesitan sus votos para gobernar los reinos de taifas autonómicos.Víctor Manuel, no el rey sino nuestro cantante, ha sido protagonista de esa debacle a medida que iba hinchando su cuenta corriente. Se hizo comunista de salón de alfombra persa y canapé de caviar (sin sucedáneos). De haber vivido en un paraíso rojo, sus rentas las administraría un gris funcionario y el presidente de la República lo utilizaría como ejemplo del artista al servicio del Estado. Pero tiene la suerte de vivir en un país libre en el que todos respetamos su habilidad para ganar pasta y disfrutar de pisos, rentas, embarcaciones y fincas propias de un señorito del PP. Así que no entiendo su veleidad cada vez que aparece en mi pantalla plana para darnos una lección de justicia social, sobre todo cuando suelta venablos contra los que no votan lo que él dice votar. Calma, asturiano, que nadie de derechas tiene intención en quitarte un solo euro, ni siquiera de que los compartas con los desheredados de la tierra, que también habitan esta España en la que es tan fácil llenarse la boca de naderías.
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