24 abr. 2008

Mi vecino de página, Carlos Esteban, se puso gallito con el regidor de Madrid en el pasado número de ALBA. Esteban le afeaba que el ayuntamiento de la capital del Reino “despilfarre” nuestros impuestos en una campaña en la que el propio consistorio nos acusa (en plural) de mantener la prostitución por pagar sus servicios. Tras la lectura del artículo de marras, siento que don Carlos prefiera divagar sobre la naturaleza de la democracia y el paternalismo gratuito que se atribuyen los políticos, antes que referirse a la oportunidad del famoso pastiche que empapela algunas marquesinas de nuestra urbe. Porque si esta campaña merece un artículo se debe, precisamente, a la elección del asunto (la prostitución) y a la acusación en plural (que tú y yo, querido lector, mantenemos el negocio proxeneta).A mí me parece acertado -es más, acertadísimo- que ante la desgracia de tantas mujeres, la falta de escrúpulos de muchos hombres y el silencio generalizado de la noble ciudad de Madrid, el ayuntamiento plantee esta publicidad. Gracias al cielo, no todos los madrileños hacen uso de los bajos servicios que prestan esas flores tronzadas. Sin embargo, prefiero un mensaje impactante que sacuda la conciencia de la gente buena y menos buena, para que todos nos hagamos cargo del detrito moral que reina en parques, callejones, anuncios por palabras y bares de farolillo rojo. La prostitución existe, claro, y es un negocio cada día más rentable, por supuesto, en una sociedad que vive por y para los placeres pasajeros y a la que le importa poco el dolor de los demás. Ahora, la campaña no es suficiente. Me explico: estoy convencido de que la policía municipal no daría abasto si registrara todos los lugares en los que se ejerce el llamado “oficio más antiguo”, porque la prostitución va ligada –necesariamente- al abuso y al delito. Es más, ya que el nuevo gobierno acaba de crear un ministerio para la Igualdad, desearía que el alcalde firmara un convenio con la ministra y que ambos se convirtieran en el azote de alcahuetes, celestinos, chulos y maltratadores, aunque mucho me temo que la nueva cartera despilfarrará nuestro dinero para que nos acostumbremos a decir “todos y todas”, “jóvenos, jóvenes y jóvenas” y chorradas por el estilo.
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