1 may. 2008

¿Quién no ha tenido un Risto en la vida? Quién más quién menos, todos hemos sufrido esa suerte de mequetrefes que disimulan su incompetencia mediante la autoridad que otorga el puesto. Me refiero a los profesores de universidad que nos obligaban a comprar su libro de texto para aprobar la asignatura, un mostrenco de fotocopias mal engomadas que vendían a precio de caviar y que estaba tan mal escrito que hacían de su supuesta sapiencia un galimatías. O al coronel capaz de amargar la retreta con la amenaza de colgarnos sobre el pescuezo –como si fuésemos mulas- el yugo de un puñado de imaginarias. O a una compañera de trabajo trepadora y misógina que sabe humillarnos en el ágora de la cafetería de la oficina. O al jefe que nos echa en cara la marca de serie de nuestro traje al tiempo que se frota las elegantes puñetas de su sastre desabotonado. O al editor que se vanagloria de sus amistades en el olimpo de las letras mientras pasa sin leer las hojas de nuestra ópera prima. O al entrevistado que exige un cuestionario previo, no sea que le pillemos sin saber qué responder.Todos ellos son los Ristos, con gafas de mosca o sin ellas, que resuelven sus inseguridades cargando en espalda ajena lo que son incapaces de soportar. Basta contemplarles el aspecto, entre indolente y perdonavidas, para hacerse una idea de lo que serán capaces ante la llegada de un autobús cargado de bobos que sueñan ganar el próximo festival de Eurovisión. A unas les escupe que tienen demasiadas cartucheras. A otros, que endurezcan ese aspecto de crisálida de mariquita y que canten, por Dios, que canten en vez de gemir por el micrófono. Es el precio de la fama: soportar las groserías de ese tal Risto Mejide al que en ocasiones también me parezco, necio de mí, al aprovechar los juicios que me facilita esta pantalla plana.
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