9 may. 2008

El muerto al hoyo y el vivo al Congreso de los Diputados. ¡Hay que ver lo que nos gusta a los españoles un cuerpo presente! Los velatorios y funerales son para muchos un plan estupendo con el que gastar la tarde. Entre que eliges la negrura del disfraz y estiras el gaznate para ver quién ha acudido y quién ha tenido la osadía de quedarse en casa, pasas las horas de lo más entretenido. Y después, de remate, el gusto de asomarse al catafalco, de rebasar la línea de la prudencia para comprobar cómo se le ha quedado la jeta al difunto, si está verde o amarillo, si han conseguido cerrarle del todo la boca, si tiene el rictus de haberse marchado en paz...

La muerte es el paisaje de nuestro país, como si el español –al igual que el toro de Miguel Hernández- hubiese nacido para el luto. Y así nos salen de bien las exequias de los personajes egregios, todo un dechado de banderas a media asta, pasos marciales, caballos de penachos negros, armones y rostros compungidos. Y desde allí mismo revuelan las declaraciones, los elogios, las frases para cincelar sobre el panteón del olvido cuando el olvido ha sido la marca habitual, el signo con el que se acompañó el retiro de ese hombre de gafa ancha y rostro de Greco que podría haber formado parte –con gafas y todo- de la comitiva funeraria del Conde Orgaz. Porque a Calvo-Sotelo solo le faltaba la gola para adornar su adustez. Zapatero ya sabe cómo acaban los padres de la patria. ¡Qué canguelo!
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