9 may. 2008

La fila de coches no cabía en el mapa. Los automóviles se desbordaban por las cunetas y hasta caían al mar sin descomponer el atasco. Esa fue la fotografía del último puente y será la de la próxima fiesta patronal. España atascada. Y, mientras, Tráfico y las policías de las taifas libreta en mano y limpiando el objetivo de las cámaras para hacer caja. Porque si nos regalan 400 euros a cambio del voto, llega una autoridad de la carretera para soltarte una multa que te hace temblar la hernia discal.

Multa por circular a cincuenta y dos en donde una señal oculta por la maleza indicaba que no podían sobrepasarse los cincuenta. Multa por no abrocharte el cinturón de seguridad en la calle del Tribulete (pero si no había riesgo alguno ni vi a ningún policía... Resulta que el policía estaba disfrazado de viejecita y asomado a un balcón). Multa por meterte el dedo en la nariz mientras el semáforo pasaba del naranja al verde. Multa por acercarte la mano a la oreja y confundir a la cámara con la posibilidad de que pudieras estar hablando por el móvil. Multa por aparcar con la rueda trasera derecha más allá de la línea azul. Multa...No son multas que se paguen con la calderilla del tabaco, no, sino que cada sanción corresponde a dos o tres y hasta diez días de trabajo. Esa es la misión del Estado: multar para compensar la caja, para que las autoridades tengan para la gasolina del coche oficial y para la del coche oficial de los nuevos cargos de los nuevos ministerios y consejerías. Eso sí, en cuanto asoma el sol de una vacación, las carreteras se colapsan y los que las sostenemos a base de multas nos vemos encerrados en un interminable atasco que multiplica hasta por tres el tiempo normal de cada desplazamiento. Y a lo mejor me multan por denunciarlo...
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