1 may. 2008

Tengo la fortuna de que muchos colegios me invitan a diferentes actos públicos. Son ocasiones de oro para pulsar la circulación de nuestra juventud. Y las cosas, claro, son preocupantes y no por culpa directa de los propios jóvenes, sino de quienes hemos tejido una sociedad blanda como un flan para amputar en ellos cualquier posibilidad de construir un mundo distinto. Vendidos a la ignorancia y a la falta de metas, este estado de estúpido bienestar podrá mantenerse por sí mismo hasta que la demografía se seque o los inmigrantes decidan ocupar las responsabilidades que no queremos para los de nuestra sangre.

En todo caso, hay excepciones. Claro que sí. Y muchas más de las que el primer párrafo de mi artículo pudiera dar a entender. Sin ir más lejos, en el centro de Moratalaz -un barrio madrileño considerado humilde no hace mucho-, una chica que se llama Ana y que acaba de rebasar los quince años se subió al estrado que después me iba a corresponder para hablar del dolor. ¿Con quince años se puede llegar a sufrir? Mucho si la enfermedad y la muerte han rondado el hogar. Es el caso de Ana, que hace tres meses perdió a su padre tras un cáncer fulminante. Pero su padre era un hombre de una pieza que había educado a sus seis hijos en el amable cumplimiento de los afanes de cada día. 
La misma mañana de su fallecimiento, cuando apenas le quedaba aliento, le pidió a Ana que acudiera al colegio para examinarse de Griego (“hija mía, el deber lo primero, tal y como yo he hecho toda mi vida”). Tal vez por esa forma tranquila y segura de ver las cosas, la pequeña Ana contó sobre aquel estrado que su padre le enseñó que el enfermo no puede elegir cuándo le llega el dolor, pero sí cuándo sonreír a quienes tiene alrededor. Y es que su padre, amigo, no se cansó de sonreír ni siquiera asaetado por las metástasis. Ana confesó que el dolor hay que compartirlo y que ella lo hace con su madre, Rosario, todos los días. Y que las dos se brindan algo más que consuelo: fortaleza para seguir viviendo de pie. Pero también lo comparte con sus amigas para que la quieran tal como es, para que sufran y maduren juntas.

Muchos colegios me invitan a diferentes actos públicos, y tengo la fortuna de que en algunas ocasiones no tengo nada más que añadir. Gracias, Ana.
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