2 may. 2008

De manera sibilina, con alevosía y utilizando las infinitas posibilidades que ofrecen los medios de comunicación, los enemigos de las estructuras tradicionales de convivencia se frotan las manos ante el desaguisado que han provocado sus acciones en contra de la familia. El asunto viene de antiguo, pero en estos últimos años -y en España principalmente- ha dado pasos de gigante. Buena parte de quienes dominan el ámbito de las ideas (escritores, filósofos, políticos, periodistas) parece que se han dado la mano para arrastrar hasta el despeñadero a la escuela básica del amor, al núcleo fundamental para el desarrollo del ser humano, como si con la desaparición de la familia (por más que se empeñen en seguir utilizando el término, aliándolo a adjetivos con los que es imposible su unión) fueran a asegurarse la instauración de una arcadia feliz en la que la libertad del hombre no conoce límites ni ataduras (tampoco las paternofiliales), lejos de todo criterio ético y moral. Es entonces cuando se abre la puerta de la casuística de lo posible, desde el matrimonio entre personas del mismo sexo al niño a la carta, pasando por todos los tipos de uniones contranatura que cualquier Maquiavelo pudiera combinar.
Hace tiempo que la mayoría de la sociedad se dejó convencer de que el divorcio es una necesidad generalizada y no una excepción para solucionar algunas situaciones afectivas. Se habla del derecho a emprender una nueva vida, del derecho a una segunda, tercera…, o sexta oportunidad. Pero en ningún lugar consta que la ley haya colaborado en nada a la felicidad del hombre y de la mujer. Es más, el dolor inflingido a unos y a otras y, sobre todo, a los hijos, no conoce parangón. El divorcio ha devaluado el amor a un artículo de intercambio, a un capricho con más connotaciones sexuales que afectivas, agrandando más si cabe el dolor que provoca la falta de entendimiento entre quienes un día decidieron compartirlo todo.

Aún más grave es el destrozo provocado por el aborto. Lo que se legisló como una excepción a la ley, se proclama desde hace veinte años como un derecho del adulto sobre la vida que nace. Los números cantan: buena parte de nuestra sociedad ha perdido, incluso, el respeto a los débiles y ni siquiera se inmuta cuando alguien se atreve a demostrar que nuestro país es el reino del infanticidio. El aborto es otro posible, algo que se deja a la conciencia individual, como la manipulación del comienzo de la vida bajo la asepsia de una bata de usar y tirar. Si un científico es capaz de descomponer un embrión, ¿por qué ponerle puertas al campo?

Pero lo más perverso de este panorama es que aquellos que dominan el ámbito de las ideas han logrado convencer a la platea de que lo que acabo de exponer no son más que triunfos de la razón, logros del estado de derecho, pasos de gigante para la humanidad. Por eso, los que creemos en la naturaleza del amor humano, que se funda en la libertad de elección para el compromiso, en el empeño de sacar adelante el proyecto común de una familia unida, ajena a todos estos estrambotes, hemos sido relegados al museo de los horrores. Y nos vejan una y otra vez en sus canales de propaganda, y dicen que vivimos presos del pasado, que despreciamos el progreso, que pertenecemos a un mundo muerto… Cuando es el nuestro el único mundo para el amor más desinteresado al que puede aspirar el hombre, aquel que se genera y mantiene en la familia, una familia que no necesita ningún adjetivo porque en el propio sustantivo se reconocen todas sus propiedades: la estabilidad de la fidelidad a un proyecto común en el que los débiles tienen toda nuestra protección y que pervive a través de las generaciones, de padres a hijos, sin solución de continuidad.

Desde este humilde rincón quiero animar a todas las lectoras de TELVA a que vivan el orgullo que produce ser madre, hija y hermana, que contagien el don maravilloso del amor que está dispuesto a darlo todo sin la condición de recibir, que se hagan valedoras de la dignidad de concebir un hijo, de alumbrarlo, criarlo, educarlo y amarlo en un entorno favorable y libre que le convierta en un hombre o en una mujer de bien. Sólo soy un pequeño escritor, lo sé. Pero soy hijo. Y soy hermano. Y soy esposo. Y soy padre. Y estas son las únicas medallas que me ennoblecen.
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