20 jun. 2008

Acaban de pasar las pruebas de Selectividad, esa especie de tómbola en la que se examina a los alumnos de segundo de bachillerato del grado de su ignorancia. El recuerdo que tengo de aquellos dos días infaustos (y mira que ha pasado tiempo) es que me llegaron en un final de primavera extraño, como ha sido éste, tocado de agua y frío, y que papá Ministerio hizo todo lo posible para que fuesen los menos aquellos que no lograran superar el fielato oficial para calentar silla en cualquier facultad pública o privada. Con el tiempo, las universidades privadas dejaron, incluso, de sumar la nota de Selectividad para confeccionar la media de sus alumnos: es tal su necesidad de cubrir plazas para que la proliferación de sedes del saber no cierren por suspensión de pagos, que la mayoría acepta a cualquiera que pueda pagar religiosamente la matrícula y las carísimas mensualidades.Supongo que se me ve el plumero. A mí la universidad me aburrió. Y lo siento, porque de empezar de nuevo hubiese buscado un campus con actividades extras que desdibujasen esas clases en las que los profesores se empeñan en que los alumnos aprendan de memoria sus absurdos manuales. Porque los años que llevan hacia la diplomatura son cruciales para los restos, en los que cualquier alumno que se precie debe leer y leer (novelas, digo), viajar aprovechándose de la subvención juvenil, salir de casa, formar parte de un grupo de teatro, hacerse un hueco en la selección universitaria de rugby o de mus, dejar unas cuantas horas sirviendo comidas a los mendigos, ir al cine en versión original, acudir a una exposición por semana, acercarse al desconcertante ámbito de la ópera o de la zarzuela, liarse en política, discutir sobre cualquier cosa, soñar, soñar y soñar... Por desgracia, son muchos –demasiados- los universitarios que malpierden esos años delante de libros y apuntes que no dejan huella y que, como mucho, se sacan el carné de conducir. Poca cosa, ¿no?, para devolver a la Universidad el apasionante espíritu de sus fundadores.
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