6 jun. 2008

“Madrid, de corte a checa” es el estremecedor retrato literario de lo que supuso el cáncer del odio en la capital de España a partir de la apresurada marcha de Alfonso XIII. Una de las escenas que más me sobrecogen es el pasacalle burlesco de unos milicianos que llevan en andas, sobre un paso procesional, a otro que se ha disfrazado con el manto púrpura y el cabello del Cristo de Medinaceli, venerado desde tiempos inmemoriales. Las carcajadas hacen eco contra las callejuelas del Madrid viejo mientras aquel desgraciado porta la cruz y lanza bendiciones con el puño cerrado, proclamando con sus gestos que Dios ha sido vencido por la brutalidad.

Imagino que para Dios, que vive el eterno presente, aquella escena se une con la noche de Jesús ante el tribunal del sanedrín y Herodes, en la que voluntariamente se sometió a las chanzas de los soldados que hicieron de Él digno pelele de todo tipo de afrentas. En el eterno presente de Dios también se unen los bailes de los asalta tumbas del 36 -que se marcaban chotis con monjas momificadas a las que vertían vino antes de tronzarles los pies y quemarlas en una hoguera de delirio- y esa profesión bufa con la que el ayuntamiento de Toledo precedió la última solemnidad del Corpus Christi. Es la gracia sin gracia, la carcajada huera del rencor descerebrado hacia la sacralidad, que deja al descubierto todas las vilezas del hombre que odia por motivos de religión. Supongo que el presente eterno de Dios contempla, al mismo tiempo, a su Hijo coronado como un rey de paja y esos programas de televisión que utilizan al Papa o a tal o cual obispo –representantes en la tierra de nuestro príncipe lacerado- para hilvanar sus chistes de mal gusto y peor intención.Si Jesús nos animaba a que pusiéramos la otra mejilla, es necesario recordar que no cabe sino la compasión hacia quienes no entienden de convivencia pacífica. Compasión porque no saben lo que hacen ni la dignidad de Aquel a quien pretenden ofender, lo que no quita nuestra obligación de denunciar esta suerte de camorra antirreligiosa que tiene visos de provocar una nueva noche de los cristales rotos.
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