31 oct. 2008

A lo largo de los últimos tiempos, a los españoles –otrora vocingleros y petulantes- se nos ha contagiado la flema británica, esa que impide hablar en público de dinero, política o religión, asuntos que, como nuestros vecinos de los mares del norte, hemos relegado a la intimidad.

De dinero apenas se atreve nadie a decir ni pío. Y eso que hace apenas dos días se nos llenaba la boca con el ascenso envidiable de nuestro tren de vida. Pero ahora que los billetes brillan por su ausencia, es más prudente el mutis por el foro, no vayamos a toparnos con alguien dispuesto a darnos el último sablazo. Por ejemplo, el infatigable socio de una institución de caridad (¡cómo se repite ahora este término por tanto tiempo tabú!) que nos busca con la intención de que compartamos aquello que ni siquiera nos sobra. Es ahora el momento de demostrar que vivimos pendientes del mal ajeno, que lo hacemos propio. En este año Paulino resuena con fuerza el testimonio de los primeros cristianos, aquellos que compartían de natural sus riquezas con los necesitados.Tampoco de política hay ganas de hablar. Los unos porque se avergüenzan de haberle dado una segunda oportunidad al hombre de la ceja, tan rotundo cuando negaba la mayor y tan rotundo ahora, cuando parece que es el único capaz de superar la crisis económica (suena a chiste, lo sé). Los otros porque tampoco se reconocen en el tipo de la barba al que dieron el aval de la oposición. España sigue el proceso de sus taifas al tiempo que naufraga la economía familiar, aumenta el riesgo del terrorismo y avanzan las políticas destinadas a apuntillar los valores familiares. Pero el de la barba está a otra cosa. Si es que está.

La religión tampoco pertenece a la esfera pública. Al menos, eso es lo que nos recuerdan por activa y por pasiva los encargados de velar por el bien público y los que lideran la cultura. Sé que no es cierto, pero cuánto cuesta soltar las amarras de la auténtica libertad, sacudirse el miedo al qué dirán y vivir con la soltura de quien confía en Dios.

Y me queda el consuelo de la risa. Una lectora que sufre el derrumbamiento de su empresa familiar, acaba de recibir una invitación para una conferencia: “Las empresas en tiempos de crisis. El concurso de acreedores”. La inscripción costaba 450 euros. Se entiende que los conferenciantes también tienen que llegar a final de mes…
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