10 oct. 2008

De aquellos barros…, los lodos de hoy, que en cuestión de identificación nacional son muchos y pegajosos. Una pena, sobre todo cuando pensamos que la piel de toro la abona tanta sangre desde tiempos de Viriato, aquel valiente pastor que sucumbió al poder unificador de Roma. Sangre no de una facción, de un bando, de una ideología… Sangre de todos, la de muchos de nuestros abuelos (bisabuelos de las generaciones más jóvenes), la mayoría buenas personas, algunos auténticos héroes, que entregaron a conciencia su juventud con tal de que la patria, ese término que hoy se ha contagiado de un aire rancio que no le hace ninguna justicia, permaneciera unida bajo la Historia y los valores comunes.El patriotismo forma parte, entre otras cosas, de las obligaciones del buen ciudadano. No me refiero, por supuesto, al patriotismo partidista. Tampoco al nostálgico, sino a un amor ordenado que obliga, entre otras cosas, a pagar los impuestos que en justicia nos corresponden. Y digo que es obligación porque se entronca en el mismo amor que une las familias, esos lazos comunes que nos empujan a la fraternidad respecto a los que portamos la misma sangre. Lo explica muy bien un empresario vasco en sus memorias: “Patria es familia, padres, antepasados, cultura, religión, tierra, lenguaje natural, historia, sociedad propia, educación, costumbres, proyectos, sentido moral y tantos otros componentes de un legado recibido”. Por tanto, la patria condensa todo aquello que despierta nuestro sano orgullo frente a la visión reduccionista de quienes la interpretan –con venenosos intereses- como un lastre del pasado ligado a no se sabe qué desfiles. La patria es la misma para todos, hombres y mujeres de izquierda y de derecha, sin excluir a nadie. Por eso, la honra y defensa de la patria bebe de la misma ley natural que la honra y defensa de la familia o la hacienda.

Siento que hoy los nacionalistas sean los únicos que hacen uso de la patria, aunque ellos -por diferenciarse, por arrinconarse-, no le llamen patria sino nación, y no a todo el territorio físico, histórico y moral que les corresponde, sino a su gallinero, al corral en el que guardan sus animales de engorde, dándonos a entender que el resto somos un accidente del que prescindirán en el momento oportuno. La culpa en buena parte es nuestra, por olvidar la patria con la misma dejadez con la que hemos abandonado la Ley Natural.
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