17 oct. 2008

Escribí sobre ellos más de una vez, con la distancia que marca mi a veces onírico mundo (muchas horas dedicadas a escribir, a observar, a pensar…), tan lejos del suyo, aunque reconozco mi simpleza al generalizar el planeta de los triunfadores (trajes de sastre, corbatas destellantes, zapatos de firma, viajes de acá para allá con el fin de culminar importantes operaciones financieras, aficiones caras, clubes sociales, gimnasio para combatir el estrés y horas, muchas horas, de oficina que les impedían disfrutar del calor del hogar). Y reconozco mi simpleza porque entre esa ralea de vendedores de títulos y fondos, conviven muchos profesionales de enorme prestigio y rectitud, entre los que tengo a varios de mis mejores amigos. En todo caso, unos y otros representaban la pata negra de la nueva economía, esa que sólo hablaba de beneficios y bonus, en ocasiones hasta de pelotazos en los que el dinero fácil parecía emerger de la nada. Pero hoy, entre el vaivén de las bolsas y esa panza de ola que cada día parece más negra, se han convertido en el pimpampúm de todos los corrillos, en los que se busca al culpable que ha roto el cuerno de la abundancia. Comienza a observarse con inquina al economista de traje de ralla diplomática, aquel que ayer todas las señoras atolondradas querían como yerno.Es la hoguera de las vanidades, el infierno de la apariencia, el azufre de las promesas de felicidad pasajera con seis ceros. Los centros económicos de las grandes ciudades parecen el entierro de la sardina: caras largas y miradas contristadas. Unos preguntan por sus ahorros y otros no saben qué contestar, de igual manera que meses atrás no sabían justificar aquellas sorprendentes primas. El becerro de oro se ha lanzado a las calles y enviste a todo aquel que exige que le devuelva sus economías. En breve aparecerán los trajes y las corbatas en saldillos de segunda mano, y los currículos preñados de términos ingleses taparán, debajo del jersey, el frío de un largo invierno. Mientras tanto, deberíamos ingeniárnoslas para trocar la amargura en felicidad. Porque, cómo podríamos resistir en un mundo en el que sólo se valora al hombre cuando las cosas viene de cara. Ahora aparecen de cruz y es el momento de buscar motivos para arrancar carcajadas. Podríamos, por ejemplo, telefonear a aquel personaje suficiente que se jactaba de hacernos ricos en un santiamén e invitarle a una cerveza en casa. Allí, sin las distancias que impone la moqueta, le ayudaríamos a descubrir qué bello es vivir.
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