2 ene. 2009

Hay un momento en el que la vida se acelera. Los años ya no duran lo mismo, los recuerdos se comienzan a espaciar en decenios, la infancia se desdibuja en una nebulosa antigua… Hay un momento en el que uno se da cuenta de que este don inconmensurable pasa mucho más deprisa de lo que quisiéramos. La lista de nuestros muertos comienza a engordar y comprendemos que el final –esa misma muerte- también nos pedirá cuentas. Hay un momento que a cada cual le llega en un estadio distinto: algunos alcanzan a comprender la finitud de la vida y su fugacidad apenas entran en la juventud. De seguro, les ha sorprendido el fallecimiento de algún ser cercano entre las uvas y las risas de la primavera. Otros tienen que sufrir en sus propias carnes la herida del tiempo para salir de la adormidera: las canas, las arrugas, la pérdida de elasticidad de los músculos, la merma de los dientes… Los más no acaban de verlo hasta que sus compañeros de viaje caen por el camino. La viudez es un aviso sonoro, como la muerte continuada de los amigos. Y hay quien ni siquiera la senectud, con sus miserias físicas, termina de sacudirle el sueño que producen los placeres del buen vivir. Pero, más pronto o más tarde, la vida se acelera para todos y se convierte en una especie de carrera sin freno hacia el socavón definitivo.Esta reflexión, que algunos podrían juzgar pesimista y que a mí me parece de un realismo naturista, me gusta plantearla cuando llega la nochevieja y los cielos se llenan con los resplandores de los cohetes y las calles huelen a pólvora y confeti. Tempus fugit, canta el adagio latino: los días, los años, pasan para no volver. Vivir para contarlo es un motivo justo de celebración, no lo niego, pero me parece interesante detenerse unos minutos, antes de que los carillones tañan las doce campanadas, para examinar el uso que estamos haciendo de la riqueza más valiosa de cuantas el ser humano pueda anhelar. Porque el tiempo es una oportunidad, como recordaba la beata Teresa de Calcuta, una oportunidad única e inmerecida en la que se desarrolla el misterio de nuestra existencia. Una oportunidad que da sentido al periodo que se traza entre nuestro nacimiento y nuestra expiración. Qué lástima perderlo, dejarlo pasar, entregarlo a futilidades que no dejan huella o que, peor, dejan una huella vergonzante. Y no es cuestión de medir en una balanza el uso de cada minuto sino de sentarnos el treinta y uno de diciembre, por ejemplo, y examinarnos de si tras los últimos trescientos sesenta y cinco días que nos han regalado somos mejores o peores personas.
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