13 feb. 2009

Sigo sin borrar de mi cabeza la imagen del presidente del Gobierno frente a aquella muchacha con síndrome de down en el programa de televisión “Tengo una pregunta para usted”. Desde la sencillez de su mundo, le reclamó un puesto de trabajo. Seguramente desconociera los planes eugenésicos de nuestra sociedad, el pacto de silencio entre todos los partidos –también del PP, que tuvo ocho años para haber invertido esta tendencia descabellada, cuando la sigue teniendo en aquellas Comunidades Autónomas que administra- para que ni ella ni ningún niño enfermo se vean obligados a trabajar. Y no es cuestión de negarles un empleo sino de no poner barreras al impulso desenfrenado de la muerte. Abortar a los fetos con taras. Abortar a los que son la consecuencia de una violación. Abortar a los que trepan sobre sus madres como un insoportable problema psicológico. Y por si este baño de sangre fuera poco, dentro de unos meses abortar a diestra y siniestra. A los sanos y a los enfermos. Abortarán las menores de edad sin conocimiento ni consentimiento paterno. Abortarán las madres adultas una y otra vez y, a este paso, hasta las abuelas que encargan una inseminación de laboratorio.No quiero borrar de mi cabeza la imagen de aquella chica que representa, por derecho propio, el deseo de los débiles a formar parte de este mundo. Porque la enfermedad, sea cual sea, tan solo es un condicionante, un accidente que no resta un solo miligramo de dignidad a quien la padece. Ya sé que algunos quisieran un mundo de guapos, de millonarios… Caben todas las combinaciones posibles en el deseo caprichoso de los idiotas. No hace siquiera unos días que un pederasta me enviaba un correo electrónico echándome en cara el contenido de uno de mis artículos. Según aquel sujeto, ¿quién soy yo para limitar sus placeres? Y me dibujaba un horizonte en el que las leyes favorecerán el derecho de los adultos con tendencias pedófilas, frente al de los niños a vivir protegidos de sus garras. Y me lo creo, porque la Ley en muchos casos refleja el capricho de las mayorías. Y cuando las mayorías han perdido el norte o viven engolfadas en sus limitados bienestares, son capaces de ordenar y defender cualquier barbarie bajo el sofisma de la impunidad moral del voto.

Pero a fuerza de razonar, de dialogar, de proponer e, incluso, de rezar, estoy convencido de que nosotros…, nuestros hijos…, o los hijos de nuestros hijos conseguirán un puesto de trabajo para los síndromes de down, y para los ciegos, para los tullidos y para los que tienen labio leporino, para aquellos que no disponen de una oreja y para los que tienen todo en su sitio. Tengo una confianza plena de que el mal debe y puede ahogarse en abundancia de bien.
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