13 feb. 2009

La muerte de Miguel Ángel Blanco y la de Eluana Englaro se dan la mano. Ambas fueron crímenes anunciados, vividos en directo –minuto a minuto- por una sobrecogida opinión pública. En el caso de Miguel Ángel Blanco, los terroristas de la ETA pulsaron el reloj de la marcha atrás para finalizar con un cerrojazo en la nuca del concejal de Ermua. En el de Eluana, quienes tienen como meta la liberación de la eutanasia, del suicidio asistido, son quienes han encendido el cronómetro de una muerte reversible, justificándose en dos elementos emotivos: el prolongado estado de coma de la paciente y el dolor subjetivo del padre de la muchacha.

Entiendo el dolor del padre de Eluana como comprendí el de los padres de Miguel Ángel Blanco. ¿Cómo no hacer propia la desolación que provocan casi veinte años de calvario o el de cuarenta y ocho horas en las que los asesinos de la ETA pusieron en jaque a todo un país? En ambos casos no cabe una explicación racional: Eluana podría haber fallecido en aquel accidente de carretera en el que perdieron la vida otras personas. Miguel Ángel Blanco podría haber sorteado a la víbora que le acechaba para convertirle en moneda de trueque. Pero lo cierto, lo único cierto, es que Eluana salvó la vida pero no la conciencia y que Miguel Ángel fue secuestrado a punta de pistola para nunca más volver.La muerte de Miguel Ángel y la de Eluana se dan de la mano porque a ambas se les puso un plazo. Porque en ambas jugó un papel decisivo la injusticia de los hombres erigidos en jueces de la dignidad ajena. A Miguel Ángel se la arrebataron unos pistoleros de tres al cuarto. A Eluana las asociaciones pro-eutanasia y esos médicos que han renunciado al sagrado deber de respetar, cuidar y mejorar la vida de los hombres.

Sé que puede parecer excesivo hacer un paralelismo entre los activistas de la eutanasia y los terroristas. Como pudiera parecer excesivo comparar la vileza de quien pone bombas y utiliza las pistolas para asesinar por pretendidos motivos políticos, con los planificadores familiares, médicos y parientes que meten a la mujer entre las cuerdas de un aborto quirúrgico. Pudiera parecer excesivo, ofensivo e incluso vil. Sin embargo, en los tres casos (eutanasia, terrorismo y aborto) el nudo se traza sobre la muerte provocada por un tercero. Y a Eluana, como a Miguel Ángel, les quedaba por vivir, mucho o poco, eso no importa. La vida del concejal, la de la muchacha italiana no están para hacer conjeturas, sino para venerarlas en su fragilidad misteriosa, aleccionadora, venerable.
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