3 abr. 2009

No me hace falta asomarme a la ventana para saber que ha llegado la primavera. Es suficiente el cosquilleo persistente que me domina la pituitaria, que comienza a destilar un agua salobre que me acompañará, irremisiblemente, hasta las calendas de junio y cubrirá mi capacidad odorífera durante algunas semanas, en una juerga de rinitis, lloriqueo, estornudos, garganta rasposa y la sensación de tener la cabeza dentro de un tambor. Soy alérgico, como el cuarenta por ciento de los españoles, que si hemos elevado el percentil de altura hasta alcanzar metas históricas -rompiendo el tópico de que somos bajitos y morenos-, al mismo tiempo nos hemos entregado a una hipersensibilidad enfermiza frente a pólenes, alimentos, ácaros, rayos solares, mascotas, productos de limpieza y tejidos.

Las alergias primaverales despiertan enorme irritabilidad en quienes las padecen. Al menos, mi humor baja hasta los sótanos durante estos días en los que me desollo la nariz de tanto sonármela al tiempo que la cefalea parece gozarse con toda suerte de presiones y golpes, si bien desde que conocí la tragedia de Elvira Roda, una valenciana que carga el síndrome de Sensibilidad Química Múltiple -una extrañísima reacción que le obliga a vivir dentro de una burbuja, ajena al contacto no sólo con las cosas que nos hacen la vida más fácil sino con la gente que le quiere-, me he convencido de que no tengo derecho a quejarme. Lo mío se resuelve con paciencia y la compañía de un paquete de pañuelos de celulosa. Lo de Elvira es distinto, ya que no sabe qué componente químico de nuestra rutina puede, incluso, acabar con su vida.

Dejando a un lado estas dolorosas singularidades, me gustaría hacer un guiño a otro tipo de alergias, esas que sin estar catalogadas padecemos todos los mortales. Por ejemplo, abundan los alérgicos al trabajo y no sólo en el planeta funcionarial. De hecho, en la administración hay auténticos profesionales, reyes en el proceloso ámbito de la burocracia. Me refiero, por tanto, a ese compañero de oficina que sabe driblar con maestría las tareas más comprometidas o aquellas otras que, por repetitivas, despiertan un natural rechazo. Te levantas a la máquina del café y te lo encuentras con un expresso en la mano, en animada charla con una de las simpáticas recepcionistas. Cuando, media hora después, instalado desde hace un rato en tu puesto, descubres que te has olvidado el bolígrafo y regresas a la citada máquina, ahí sigue el muchacho, esta vez departiendo con el de seguridad acerca del nuevo fichaje de cualquier equipo de fútbol.

También hay alérgicos a la vida sana. Son los que se fuman la vida cigarro a cigarro, incluso en la cama. Los dientes y los dedos se les han amarilleado, e incluso en sus ojos se adivina el poso de la nicotina. Cada mañana, pobrecitos, acuden puntuales a la cita con el estanco. Aunque entre este tipo de alérgicos debo incluir también a los adictos al gimnasio y a la ensalada, especialmente si ésta la adquieren empaquetada en una caja transparente de PVC, con la salsa aparte. Y no es que el gimnasio y la verdura me parezcan mal, pero si se convierten en un leitmotiv terminan por adormilar las neuronas.

La peor de las alergias es la que provoca el desinterés por los que te rodean. Hay varios tipos, desde aquella que invita a no abandonar el puesto de trabajo por convertirlo en una finalidad y no en un medio de vida, hasta la que impone a los empleados la tiranía de dedicar más tiempo al ordenador que a sus respectivas familias. También existen los alérgicos al tiempo, que sufren por la aparición de las canas y pretenden borrar las huellas de la vida con botox, siliconas, photoshops y estiramientos imposibles, arrasando la hermosa consecuencia del latido del corazón.

Muchos nos reconocemos alérgicos a los oportunistas, a los que no permiten que hablen los demás, a los que dividen el mundo entre buenos y malos, a los que tiñen de política hasta el disfrute de la amistad, a quienes maltratan a las mujeres y a los niños, a los que huyen del silencio, a los adictos a las marcas, a quienes desprecian la vida de los más débiles, a los que ensucian el campo, a los que no se saben divertir sin gastar, a los que aporrean de continuo la bocina, a quienes nunca te miran a los ojos… En el fondo, puede que esta vida sea una suerte de colección de alergias, unas más llevaderas que otras, y que sólo el estornudo, un estornudo atronador, nos alivie frente todos aquellos que nos sugieren un molesto picor de piel.
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