3 abr. 2009

Después de un invierno interminable, de nieves y vientos glaciares, se agradece la llegada de la primavera, por más que tanta agua acumulada vaya a suponer una explosión de alergias. Alergias de las que, por cierto, cada vez más personas somos víctimas. Unos médicos dicen que se debe a nuestro estilo de vida, en el que la higiene excesiva llega a matar, incluso, las defensas necesarias para librarnos de los estornudos, erupciones, picores, cefaleas y otros síntomas ligados a las polinizaciones. Otros galenos aseguran que el mundo se ha convertido en una aldea tan pequeña, que las especies animales y vegetales van y vienen sin control. Lo mismo que las cacatúas de pecho gris se han convertido en las reinas de la meseta y de los puertos españoles, desplazando e –incluso- eliminando a otras especies autóctonas, los jardines de las grandes urbes se han poblado de coníferas y arizónicas que flaco favor nos hacen a quienes sufrimos de inflamación de la pituitaria.Pero hablaba de la llegada de la primavera, de los días cada vez más largos, de cielos por fin azules después de tantos meses enladrillados por nubes cargadas de malas ideas, de la necesidad de ir renovando el armario con ropajes más livianos, por más que siga siendo cierto –con permiso de los demagogos del cambio climático- aquel refrán que rezaba: “Hasta el cuarenta de mayo, no te quites el sayo”. Porque si algo hemos aprendido durante los pasados meses, es que resulta demasiado complejo tratar de convertirse en zahorí de las temperaturas, en oráculo de los anticiclones, en pitoniso de lo que el tiempo nos puede acarrear.

Es cierto que vivimos en un planeta al que le sacamos hasta los hígados con tal de vivir de manera confortable. Supongo que habrá un día en el que las bolsas de petróleo no darán más de sí, que los reductos de gas terminarán por cerrar la espita, que los vertederos no soportarán más plásticos ni parafinas. Estoy convencido, incluso, de que la deforestación en los pulmones verdes del planeta no puede ser beneficiosa para la humanidad. Y de que el mar y sus riquezas tienen un límite. Así como de que los países azotados por las arenas del desierto agradecerían más lluvias. Sin embargo, después de la caída en desgracia del comunismo, del desprestigio generalizado del feminismo reivindicativo, de la limitada lucha por conseguir pretendidos derechos homosexuales, a la demagogia social le hacía falta tomar una nueva bandera, ésta de color verde o blanco, si hacemos caso a su preocupación por el deshielo de la Antártida.

Si uno acudía a una conferencia de algún pretendido experto en cambio climático, o si se te ocurría leer las páginas de cualquier periódico dedicadas a la “ciencia” o si sucumbías a los documentales de Al Gore…, un sudor frío terminaba empapándote la espalda. El planeta se iba a pique en cuestión de décadas y ya podíamos despedirnos de las estaciones de esquí, los jerséis de lana gruesa, el encanto de los esquimales y el ecosistema de las morsas. Parecía que la tierra se estaba calentando como si un gigante nos hubiera metido en el interior de un microondas. Daba incluso miedo introducir el pie en el mar, no fuera a calcinársenos como un bogavante.

Pero el hecho, más allá de la necesidad de que todos nos concienciemos de que tenemos una casa común que ofrecer en herencia a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, es que todos estos datos agoreros precisan un mejor contraste. El clima cambia, sí, como ha venido cambiando desde que el mundo es mundo, pasando por glaciaciones y siglos de altísimas temperaturas que nada tienen que ver con la actividad humana. Al menos, soy consciente de los catarros que he ido encadenando el pasado invierno, de las nevadas que he visto caer una vez y otra, de la alegría con la que recibo la calidez de estos días primaverales.
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