10 abr. 2009

La sombra del Cristo se mece, como si fuese la misma muerte la que bamboleara entre sus brazos al Hacedor de la vida. La muerte, la helada muerte acostumbrada a desprender el alma de millones y millones de hombres no puede disimular su desconsuelo después de haber aguijoneado con su mordisco helado al nuevo Adán, al hombre entre los hombres, aquel Rey que había venido a destronarla.

La sombra del Cristo se mece sobre las paredes de la costanilla entre las aguas anaranjadas que provocan los cirios, de los que caen lágrimas de cera, porque hasta los seres inertes arrancan a llorar al contemplar al inocente prendido de un madero, condenado al oprobio de los hijos de Satanás: la belleza entre las bellezas agusanado en un patíbulo inventado para los asesinos y los ladrones.Y lloran los vencejos recién llegados del África mora, y en sus vuelos de escorzo chillan –imperceptiblemente- a los oídos del agonizado, que la naturaleza no se ha sometido al imperio del desdén, a la indiferencia de los hombres que, veinte siglos después, viven –¡vivimos!- como si el crucificado fuese un gesto cultural, un programa promocional de la Semana Santa, un vestigio de nuestras abuelas, benditas abuelas que aún se persignan al acercarse la sombra mecida del paso mientras los niños corretean entre la horda de turistas y curiosos que tiran fotografías, ajenos al misterio, como si la boca seca y abierta de la talla no les dijera nada, no fuera con ellos, que han venido a retratar con la misma nadería que se retrata un monumento o que se lanza una fotografía con el móvil.

Una paloma arranca un febril aleteo desde un tejado, tal vez asustada por el hormigueo incesante de nazarenos, tal vez por los golpes secos sobre la tripa tensa de los tambores, tal vez por las cornetas que arañan de pronto el aire, tal vez por el grito animante del capataz o por el salto repentino del paso, que sobre los hombros de los costaleros parece lanzarse al cielo, como si en las entrañas del Gólgota el magma incandescente pugnara por romper la corteza de la tierra para bañar con su furia a la humanidad que ha permitido semejante final al heraldo de la hermosura.

Quisiera, como Machado, arrimar una escalera y, con unas tenazas forjadas con besos, arrancar cada uno de esos clavos que han hendido la carne santa, pero no me atrevo. Quisiera cubrir la llaga del costado por la que ha brotado el agua sacramental, pero me da vergüenza. Como un perro me encojo sobre mis huesos ante la sombra que baila, solemne, por las avenidas, las plazas, los callejones de esta España que le prende ahora un pabilo a Jesús sin apagar el que tiene encendido al príncipe de la mentira.
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