17 abr. 2009

Si los prebostes educativos continúan con su rodillo, me veo como el público de los primeros conciertos de Paco Ibáñez o de Raimón, gritando a la par que exigiendo:“¡Libertad! ¡Libertad!...” Y me da vergüenza porque la libertad es un logro de todos y el primero de los derechos, la base de una democracia madura. Libertad, en primer lugar, para ser. Libertad, en segundo, para elegir sin que el Estado tenga por qué imponer sus criterios en aquellos aspectos que sólo son propios del individuo.

Hablo de educación, claro, de la libertad de los padres a escoger el modelo que consideran más provechoso para la formación de sus hijos. Libertad para elegir entre escuela privada o pública; entre escuela laica o religiosa; entre escuela mixta o diferenciada..., sin pretender imponer un criterio en un ámbito repleto de posibilidades. Algunos gobiernos autonómicos están jugando al pimpampún con esta libertad de elección, fijando criterios arbitrarios y, por tanto, injustos. Criterios para repartir conciertos como el que entrega dádivas, según quién y cómo. Criterios con los que intentan, además, sentar cátedra sobre algo tan sensible como la “discriminación”. Los prebostes, por ejemplo, quieren convertir la educación diferenciada -chicos por un lado, chicas por otro durante la primaria, la secundaria e, incluso, el bachillerato- en un tipo de discriminación. ¿De quién y frente a quién? Escoger un modelo educativo como éste, sustentado en muchos años de prueba exitosa, nada tiene que ver con la segregación, la marginación ni la exclusión de nadie. Quien trate con escolares sabe que estos viven inmersos en unos años de constante maduración. Esta maduración, esta captación de habilidades, es completamente distinta en un niño que en una niña, en una adolescente que en un adolescente, porque son distintas sus motivaciones, sus destrezas, sus querencias, su capacidad cognitiva, comprensiva, expresiva..., aspectos que tienden a compensarse durante el bachillerato y los años de universidad.

No quiero decir (ni mucho menos) que no sea positiva la educación mixta o que no quepan otros modelos tan legítimos como la educación diferenciada. Digo, nada más, que la elección de ésta es un derecho por el que hoy optan miles de familias a las que no se les puede negar un concierto.

Yo me eduqué en un colegio diferenciado. Mis compañeros de aula eran todos varones. Mis profesores, también. Aquella elección de mis padres, resultó muy positiva para mí y para la mayoría de mis compañeros entre los que, por cierto, no se ha desarrollado ningún tipo de patología discriminatoria. La mayoría de ellos están casados, son padres de familia, pagan sus impuestos, participan en numerosas iniciativas... Hacen lo posible por levantar cada día, en suma, este país que hace aguas. Y la mayoría de ellos, curioso, han escogido para sus hijos el mismo modelo de educación.
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