24 abr. 2009

Mi hija pequeña, que a la sazón tiene cuatro años, me acompañó el pasado domingo a misa. Pensé que estaba a lo suyo, zascandileando por el reclinatorio, ajena al lugar y a la ceremonia, ya que me llegaba el rumor meloso de sus canciones, de sus juegos con la falda de su camisa, con los pies del vecino de banco, con las motas de polvo suspendidas en el halo que bajaba desde la vidriera lateral hasta la mitad del pasillo del templo. Sin embargo, en cuanto el sacerdote entonó el Credo dio un pequeño respingo, observó el presbiterio con atención y me dio un suave tironcito a la mano, anunciándome que deseaba compartir una confidencia.

-Papi -así me llama-, ¿por qué no hay mujeres “sacerdotas”?

Tras su pregunta, que me dejó durante unos instantes flotando en el asombro, comprendí que los niños captan también los misterios.-Porque no lo quiso Jesús -brotó mi respuesta sin permitirme hacer un gran razonamiento.

-Y tú, ¿cómo lo sabes?

Lo sé por el relato que acababa de proclamar el cura, en el que se nos describe a los apóstoles escondidos en el cenáculo, a la espera de una aparición de Jesús anunciada días antes. Entre ellos está el incrédulo Tomás -¡cómo me identifico con él!-, convencido de que no va a cumplirse la sugestión que le han advertido los once. Pero se cumple, vaya que si se cumple, ya que termina con sus dedos en el interior de las llagas del Maestro para, acto seguido, proclamar ese acto de fe que resume todo el plan de la Redención: “¡Señor mío y Dios mío!”. Da la casualidad, además, de que en esa misma aparición Cristo sopla sobre los suyos (los doce, todos hombres) la potestad de perdonar o retener los pecados, completando así las atribuciones de los presbíteros infundidas la tarde noche del jueves santo.

De aquel Evangelio el sacerdote apenas comentó nada durante la homilía, ya que se centró en una próxima visita del arzobispo a la parroquia. Así que lo que mi hija percibió entre juegos tuvo que acontecer durante la proclamación del pasaje del Nuevo Testamento.

En ocasiones subestimamos a los niños. Seguro que Dios está mucho más cerca de ellos de lo que podemos imaginar. Tal vez les susurre entre canciones, entre zascandileos, aspectos que de mayores podría costarles creer. Tal vez por esa receptibilidad a la sencillez de lo magnánimo, los niños no se extrañan ante las verdades sobre las que se erige el cristianismo, sino que asienten con naturalidad. Tal vez, deberíamos esforzarnos por comportarnos un poco más como ellos.
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