1 may. 2009

Dicen que los bancos no saben qué hacer con la flota de Cayennes. Que los Cayennes acumulan polvo en solitarios garajes, suspirando por su tiempo no lejano de gloria frente a la oficina, el restaurante, el colegio de los niños, el club social…

El Porsche Cayenne ha sido el símbolo del poderío, del exceso, del “y yo más”… Se trata de un vehículo 4x4 diseñado para campo y ciudad. En este orden, claro, ya que los conductores que lo disfrutaban raramente ponían un pie en el campo. Conquistaban, eso sí, los asfaltos de las grandes urbes al volante supremo de una carrocería que más bien es un híbrido entre tanque y jacuzzi. Por cierto, que los Cayennes más caros –esos que cuestan lo que un hijo después de haber estudiado en colegio y universidad privada, con máster en el extranjero- traían el jacuzzi en el maletero, con burbujitas y todo.Como los paletos ante la llegada del Hispano-Suiza, durante la década de anterior bonanza los Cayennes hacían despertar los suspiros de los amigos de la apariencia. Hubo quien perdió el sueño pensando la manera de engolfar a su banco o caja para que le concediese un nuevo préstamo de muchos ceros, con el que poder solicitar al concesionario el dichoso Cayenne u otro 4x4 de mucho poderío. Lo peor es que el director del banco y de la caja tenían órdenes de arriba para conceder préstamos sin avales con tal de que sus clientes pudieran sentar sus posaderas sobre el cuero mullido del Porsche, como si la conducción de semejante armatoste ejerciera sobre el banco o sobre la caja una suerte de estúpido hipnotismo, un oráculo que aseguraba nuevas concesiones con nuevos intereses que volverían a renegociarse en un futuro cercano, en cuanto el cliente decidiera repujar el Cayenne en oro de muchos quilates.

Ahora los Cayennes y sus primos cercanos crían polvo, como decíamos, arrumbados en los tristes garajes de los impagados. Habían sido el escaparate ideal para pisar fuerte sobre los demás, esa la gleba que viaja en autobús de línea o aquella que se tiene que conformar con un viejo Ford Fiesta en cuyas lunas no caben más sellos de la ITV. Fue el automóvil para presumir de sortija, de corbata de seda, de abrigo de piel y de amante. Hoy tenemos cuatro millones de parados y un ejército de carísimos motores desocupados junto a sus carísimos detalles de máximo lujo y confort. Era el coche ideal para el socialista pasado de rosca, para el “pepero” tontopijo, para el concejal dispuesto a venderse al mejor postor, para el promotor millonario en recalificaciones. Hoy los rifan los bancos: los regalan incluso. Pero nadie los quiere, que no hay parné con el que llenar de gasolina sus tripas. Esos Cayennes no estaban preparados para viajar en tiempos de crisis.
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