22 may. 2009

La colección de soniquetes parece no tener fin. Los últimos: un enjambre de abejas dispuesto a clavarte todos sus aguijones; el jingle de unos dibujos animados de los años setenta; el grito de guerra del último esperpento de la televisión nocturna o la cantilena con la que Zapatero pretende reconciliarnos con la oscura realidad. La tecnología se ha puesto al servicio del caprichoso consumidor de telefonía móvil, que no se contenta con un timbre al uso sino requiere del mismo grito repetido de Penélope Cruz a Pedro Almodóvar ante la conquista del Oscar, no se sabe si por admiración a la guapa actriz, al omnipresente director o a un impulso desaforado por llamar la atención. Empieza a resultar molesta la convivencia con esta lluvia ácida de ocurrencias sonoras, sobre todo al considerar que aquel que porta en su teléfono un llamado original, no está dispuesto a silenciarlo en ninguna circunstancia. Aunque hay ocasiones y protocolos que exigen atención y silencio, siempre hay un inoportuno que aporta el repentino y creciente llanto enlatado de un niño, la sentencia furibunda de Escarlata O'hara o el “splach” con el que Gilda sacudió la bofetada más famosa de todos los tiempos. Da igual que nos encontremos en una boda, en el pleno de un ayuntamiento, en un concierto sinfónico o en la lectura de una tesis doctoral: irreversiblemente nos sacude el zumbido chistoso, la metralla ocurrente, la voz inconfundible de Rambo acerca de sus piernas o la risa chusca de algún personaje de Jesús Quintero.
La dependencia del móvil está terminando, incluso, con el respeto al dolor ajeno. No es extraño el funeral en el que un conocido del finado e, incluso, un miembro de la familia sacudida por el duelo abandona el templo por la imperiosa exigencia del teléfono chillón, dispuesto a contestar llame quien llame, aunque se trate de un anunciante. Pero el rizo de los rizos lo presencié en un cementerio hace apenas unos días. Los operarios del camposanto se encontraban en plena tarea, rodeados por los familiares y amigos, por el sacerdote que incoaba letanías y recomendaciones del alma... Hasta que se despertó la mosca cojonera, la graciosa trompetilla del séptimo de caballería, los clarines y timbales de la Real Maestranza de Sevilla, los gorjeos electrónicos de un marcianito. Y ante el asombro de la concurrencia, uno de aquellos acompañantes del sepelio se alejó unos pasos de los nichos para contestar. Todos nos enteramos, entre hipidos de tristeza, de que el susodicho aún no había cerrado su plan para las noches de aquel fin de semana. Una vez finalizó su charla, colgó y regresó a las lágrimas y los ayes.
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